(continúa...)
V
Ahora, que ante tu partida me he
visto sumido en la nostalgia, en la cual los ojos se han llenado de lágrimas
evocadoras que causan el mismo efecto prismático con la luz y convierte todo en
mirada neblinosa que requiere un esfuerzo por enfocar y lograr la nitidez
íntima de la memoria, surgen entonces recuerdos nebulosos en los que quizá no
todo sea verdad pero tampoco mentira, y entre ellos, emerge este en que veo y
miro como si lo viera a través del cristal de una ventana: me miro siendo un
niño aguardándote ansiosamente los días de tus visitas, pues aunque no entendía
del todo qué era lo que pasaba, ya
no estabas en casa de forma permanente. De hecho así te ubico mejor entre mis memorias. Eras la figura enigmática con
quien convivíamos en ciertos momentos, sobre todo los fines de semana, por lo
que antes que yo supiera más, nuestra relación se fincaría de esta manera el
resto el tiempo que compartimos. Momentos que como luz refractada en un prima
cristalino, tenía muchos colores, al menos los 7 del arcoíris. Y estos colores
iban desde la euforia alegre y plena, hasta el menos afortunado que asociaba a
tu presencia. Un tono sin color que relacionaba a tus malos momentos y
exabruptos de diverso grado, que coincidían generalmente con el final de esos
maravillosos encuentros.
VII
… Un día soñé que vivías en el
interior de una montaña elevada desde donde se veía Xalapa a lo lejos y que tú,
cual minotauro u otro ser fantástico, aceptabas las visitas de tus hijos
ciertos días en que las estrellas eran propicias y que cumpliendo esas
condiciones, bajabas de un pedestal donde permanecías como estatua, desnudo e
incólume guardando celosamente un laberinto arcano. Aún pienso en ese sueño y
me sigo preguntando sobre esa profusión de señales y signos en que
metafóricamente se representó tu vida ante nosotros y mi imaginación onírica.
El inicio y final de la visita requerían de un acto curioso, pues para bajar o
subir a ese pedestal y volver a la postura en la cual te encontrábamos, tenías que dar un grito extraño que el
eco propagaba hasta los rincones más recónditos de ese laberinto oculto y que a
juzgar por las reverberaciones debía ser enorme y profundo. Después nos marchábamos
algo tristes y sobresaltados y ahí me daba cuenta cómo habíamos llegado hasta
allá. Tomábamos unos rehiletes multicolores que un viento mágico que tú mismo
nos procurabas, nos regresaba a tierra y volvíamos caminando a casa.
VII
Es por eso quedé muy impresionado
el día que te dejamos en tu última morada por alguna razón que no me queda
claro, pero que asumo debe tratarse de alguna tradición curiosa y nueva en
aquel cementerio de Xalapa y cuya ubicación está en lo alto de lo que fuera
cierto monte colindante a la ciudad –desde donde en ciertos puntos puede verse
a lo lejos- vi muchos sepulcros sembradas con rehiletes multicolores cuyos
giros veloces a todos los que tenían el ángulo preciso con el viento, se
tornaban blanquecinos…
VIII
Otro recuerdo vívido fue aquel en
que como un niño no mayor a los 4 o 5 años, experimentamos Orlik y yo junto a
ti cuando te acompañamos a lo que supongo era tus últimas incursiones como
director de la Biblioteca Central.
Aquel día tuvo muchos de esos
momentos primeros y únicos. Llegamos en camión hasta cierto punto que nos
obligaba caminar un tramo que siendo un niño pequeño resultaba amplio, pero
conveniente para moderar los excesos de energía infantil. Caminamos por lo que
alguna vez fuera la represa de la fábrica de hilados de El Dique la cual conocí
desde siempre como el Puente de Atenas y que en cuyo margen opuesto a las lomas
que pertenecen a la Universidad y su facultad de Arquitectura donde unas
jardineras formaban escudos enormes hechos de plantas de varios colores y
piedras blancas de río. Algún tiempo posterior se instalaron unos juegos recreativos
para la infancia del municipio de Xalapa y que debe seguir existiendo, de los que recuerdo su zoológico de
animales de fibra de vidrio y cemento, encabezado por el famoso conejote en que se podía sentar en sus manos y posar para la infaltable foto del recuerdo, así como las campanas que culminaban los
postes cuyo extremo superior tenían cabezas de hierro muy llamativas. También
recuerdo que las atracciones más recurridas eran los carritos eléctricos y las
lanchas que hacían un recorrido en un circuito diminuto pero que nunca las
cinco o seis vueltas que incluía la tarifa cuyo activador era una
enorme y pesada moneda plateada con una inscripción torpe en ambas caras, eran
suficientes para los desbordados impulsos de una infancia feliz y plena como la
que nos proporcionaron tú y nuestra querida madre…
Querétaro, Qro 22 de Julio de 2015




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