miércoles, 22 de julio de 2015

DANTE V-VIII

(continúa...)

V



Ahora, que ante tu partida me he visto sumido en la nostalgia, en la cual los ojos se han llenado de lágrimas evocadoras que causan el mismo efecto prismático con la luz y convierte todo en mirada neblinosa que requiere un esfuerzo por enfocar y lograr la nitidez íntima de la memoria, surgen entonces recuerdos nebulosos en los que quizá no todo sea verdad pero tampoco mentira, y entre ellos, emerge este en que veo y miro como si lo viera a través del cristal de una ventana: me miro siendo un niño aguardándote ansiosamente los días de tus visitas, pues aunque no entendía del todo qué era lo que pasaba,  ya no estabas en casa de forma permanente. De hecho así te ubico mejor entre mis  memorias. Eras la figura enigmática con quien convivíamos en ciertos momentos, sobre todo los fines de semana, por lo que antes que yo supiera más, nuestra relación se fincaría de esta manera el resto el tiempo que compartimos. Momentos que como luz refractada en un prima cristalino, tenía muchos colores, al menos los 7 del arcoíris. Y estos colores iban desde la euforia alegre y plena, hasta el menos afortunado que asociaba a tu presencia. Un tono sin color que relacionaba a tus malos momentos y exabruptos de diverso grado, que coincidían generalmente con el final de esos maravillosos encuentros.

VII

… Un día soñé que vivías en el interior de una montaña elevada desde donde se veía Xalapa a lo lejos y que tú, cual minotauro u otro ser fantástico, aceptabas las visitas de tus hijos ciertos días en que las estrellas eran propicias y que cumpliendo esas condiciones, bajabas de un pedestal donde permanecías como estatua, desnudo e incólume guardando celosamente un laberinto arcano. Aún pienso en ese sueño y me sigo preguntando sobre esa profusión de señales y signos en que metafóricamente se representó tu vida ante nosotros y mi imaginación onírica. El inicio y final de la visita requerían de un acto curioso, pues para bajar o subir a ese pedestal y volver a la postura en la cual te encontrábamos,  tenías que dar un grito extraño que el eco propagaba hasta los rincones más recónditos de ese laberinto oculto y que a juzgar por las reverberaciones debía ser enorme y profundo. Después nos marchábamos algo tristes y sobresaltados y ahí me daba cuenta cómo habíamos llegado hasta allá. Tomábamos unos rehiletes multicolores que un viento mágico que tú mismo nos procurabas, nos regresaba a tierra y volvíamos caminando a casa.




VII

Es por eso quedé muy impresionado el día que te dejamos en tu última morada por alguna razón que no me queda claro, pero que asumo debe tratarse de alguna tradición curiosa y nueva en aquel cementerio de Xalapa y cuya ubicación está en lo alto de lo que fuera cierto monte colindante a la ciudad –desde donde en ciertos puntos puede verse a lo lejos- vi muchos sepulcros sembradas con rehiletes multicolores cuyos giros veloces a todos los que tenían el ángulo preciso con el viento, se tornaban blanquecinos…



VIII



Otro recuerdo vívido fue aquel en que como un niño no mayor a los 4 o 5 años, experimentamos Orlik y yo junto a ti cuando te acompañamos a lo que supongo era tus últimas incursiones como director de la Biblioteca Central.
Aquel día tuvo muchos de esos momentos primeros y únicos. Llegamos en camión hasta cierto punto que nos obligaba caminar un tramo que siendo un niño pequeño resultaba amplio, pero conveniente para moderar los excesos de energía infantil. Caminamos por lo que alguna vez fuera la represa de la fábrica de hilados de El Dique la cual conocí desde siempre como el Puente de Atenas y que en cuyo margen opuesto a las lomas que pertenecen a la Universidad y su facultad de Arquitectura donde unas jardineras formaban escudos enormes hechos de plantas de varios colores y piedras blancas de río. Algún tiempo posterior se instalaron unos juegos recreativos para la infancia del municipio de Xalapa y que debe seguir existiendo, de los que recuerdo su zoológico de animales de fibra de vidrio y cemento, encabezado por el famoso conejote en que se podía sentar en sus manos y posar para la infaltable foto del recuerdo, así como las campanas que culminaban los postes cuyo extremo superior tenían cabezas de hierro muy llamativas. También recuerdo que las atracciones más recurridas eran los carritos eléctricos y las lanchas que hacían un recorrido en un circuito diminuto pero que nunca las cinco o seis vueltas que incluía la tarifa cuyo activador era una enorme y pesada moneda plateada con una inscripción torpe en ambas caras, eran suficientes para los desbordados impulsos de una infancia feliz y plena como la que nos proporcionaron tú y nuestra querida madre…




Querétaro, Qro 22 de Julio de 2015

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