jueves, 31 de marzo de 2022

Recuerdos, jardines y poesía…

 

31 de marzo de 2022

Recuerdos, jardines y poesía…

Recordando a Dante,

amoroso papá cargado de lecturas extraordinarias,

pero sobre todo, extrañada presencia…

 

 

¡Qué tal! Soy Orlik Gómez García y trabajo en el Jardín Botánico Francisco Javier Clavijero, de Xalapa, Veracruz, donde nos encontramos esta mañana.

Hoy quiero compartir con ustedes algunos sentimientos y sensaciones sobre nuestros jardines, los que están a nuestro alrededor, cercanos o lejanos, pero también sobre aquellos que viven dentro de nosotros, y porqué creo que nos gusta tanto, desde luego, visitarlos, pero también pensarlos…

¿Ustedes se han puesto a pensar por qué les gustan los jardines? Esta puede ser nuestra pregunta inicial…¿por qué nos gustan los jardines?

JBC en 1982

Las respuestas pueden ser muchas, por ejemplo: porque hay flores coloridas y raras, porque son amplios espacios al aire libre, porque puedo pasear con mis amig@s o con mi perro, porque podemos hacer días de campo a la sombra de un árbol, o bien porque me aíslo por un rato, porque para mí los jardines son paraísos de aromas y sonidos de aves, insectos y otros bichos y así… Entonces, va nuestra segunda pregunta: ¿Qué te provoca visitar un jardín? ¿Qué sientes cuando estás ya de visita en un jardín?

 

“No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el jardín botánico es un parque dormido

en el que uno puede sentirse árbol o prójimo

siempre y cuando se cumpla un requisito previo.

                                   Que la ciudad exista tranquilamente lejos…”       

 

“El secreto es apoyarse, digamos, en un tronco

y oír a través del aire, que admite ruidos muertos,

cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías…”

 

 

Mis recuerdos

Hace muchos años, en 1982, recuerdo que una mañana de verano, mi padre y un par de mis amigos de la secundaria -Jesús Villa y Luis Zúñiga - visitamos el Jardín Botánico Clavijero. Como dije, era verano y en esta estación en Xalapa los cielos son de un azul muy profundo; el ambiente era agradablemente cálido y muy luminoso. Y mientras los tres -muy jóvenes aún, quizá con 13 o 14 años apenas- nos adentramos por muchos rincones del lugar, en busca de hojas secas, con afanes de estudio, Dante, recostado bajo las frondosas ramas de un gran árbol que años después supe que era un nogal, escribió un poema que me obsequió, semanas después, en una tarjeta de cumpleaños, y que iniciaba así:

Miro este jardín, tan lleno de flores, tan verde, tan apacible…

Desde luego, leí y releí el poema por muchos años, y lamento haber tenido el descuido de perder esa entrañable tarjeta en alguna de mis cajas de recuerdos, que guardaba de cuando en cuando…



Ese día tardé varios minutos en adentrarme por entre los árboles y claros de este gran jardín, en ir de los encinos a las hayas y de ahí al bosque y de regreso…y tardé varios años más en entender verdaderamente que los jardines son lugares que siempre refrescan nuestra mente y nuestro espíritu…Y entendí, también con el andar de los años, que la naturaleza, la infancia y también los sueños, tienen un vínculo especial entre sí y que nos hacen, entre otras muchas cosas, ser lo que somos.

Estoy convencido de que es, precisamente, este vínculo especial e inexplicable, el que me trajo esta mañana, frente a ustedes…

 

Los jardines en la literatura: símbolos de lo inexplicable…

Hay mucho simbolismo en los jardines, algunos de estos símbolos son muy rebuscados, como el jardín del Edén o el Elíseo y toda la idea diosas y dioses omnipotentes, creadores de los primeros habitantes, humanos y no humanos, de un mundo estático y recién creado: el lugar donde todo comienza. Viendo apenas por encimita, en la literatura los jardines son abundantes en flores de aromas y formas exóticos, poseen fuentes majestuosas o son hogar de criaturas extrañas, como en el jardín del gigante egoísta, de Oscar Wilde, que no consentía que nadie más jugase en él. El Gigante en su jardín, recostado bajo un árbol de flores blancas -que bien podría tratarse de una magnolia o un azahar de monte- disfrutando primero de su soledad y después jugando con los visitantes niños cuando estos salían del colegio, es una imagen que, estoy seguro, perdurará toda mi vida. Los jardines son también escenario perfecto para encuentros profundos y secretos –como en los jardines de la mansión de los Capuleto, donde Romeo y Julieta vivían un amor idealizado en difíciles y finalmente trágicas circunstancias. Alicia, en su andar inesperado por el país de las maravillas “…vio, a través de la cerradura, el jardín más maravilloso que pudiese imaginar… ¡qué ganas de pasear entre aquellos macizos de flores multicolores…!”



¡Y qué decir de la poesía!

Mario Benedetti, poeta y escritor uruguayo, escribió “A la izquierda del roble”, un extraordinario poema de amor, ubicado no sólo en un jardín, sino concretamente en un jardín botánico, abordando desde su sensibilidad y con su extraordinaria pluma algo de los muchos pensares y sentires que afloran en un lugar así…Líneas arriba ya expuse la primera parte de ese poema, que continúa así:

 

“No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el jardín botánico siempre ha tenido

una agradable propensión a los sueños

a que los insectos suban por las piernas

y la melancolía baje por los brazos

hasta que uno cierra los puños y la atrapa.

 

¿Se dan cuenta? Cerremos los ojos y preguntémonos… ¿Qué me hacen sentir estas primeras líneas del poema? ¿Qué siento al estar en un jardín?

La literatura, y dentro de ella, la poesía, guarda un lugar especial para estos verdes espacios. Leí en alguna parte que un jardín tiene mucho de libro, porque es, entre otras cosas, una narración, y el tiempo es el secreto que comparten, con la diferencia de que un texto no cambia y un jardín sí. Por pequeño que sea, un jardín es un espacio poético y secreto, perfecto para ocultarnos, un paraíso terrenal, un lugar ideal que siempre refrescará nuestra mente y espíritu...

Después de todo el secreto es mirar hacia arriba

y ver cómo las nubes se disputan las copas

y ver cómo los nidos se disputan los pájaros...”

 

En otro sentido, podríamos pensar y decir que un jardín simboliza el triunfo de la humanidad sobre lo silvestre, o como dicen los documentales, sobre lo salvaje: la naturaleza dominada y ordenada, en oposición a los bosques o las selvas, con su desordenada disposición y abigarrada multitud de seres vivos. El reto es mostrar las bondades de ese orden desordenado e imperfecto, pletórico de vida, que pueden ser los jardines, aún los jardines que hacemos crecer en macetas…

Muchas veces he tenido oportunidad de hablar y guiar a grupos de niñas, niños, muchachas y muchachos, mamás, papás, abuelos, abuelas, alumnas, alumnos y grupos de diferentes edades y diversos en formas de ser por los rincones del jardín botánico, y siempre les muestro cosas más allá de las plantas; sin embargo, esta es la primera vez que hablo de las emociones que un jardín como este puede provocarnos…



Tal vez la próxima vez que tenga esa oportunidad les pregunte cosas como…

¿Te das cuenta cómo la naturaleza se desenvuelve a tu alrededor?

¿Te has permitido encontrar todo ese amor y toda esa paz, reflejadas en los árboles y en las plantas que te rodean, como si fueran pinceladas de emociones nuevas en tu día…?

¿No te maravilla acaso acercarte a los tupidos matojos de hierba de cambiantes matices de verde o de otros muchos colores que podemos gozar aquí, en el trópico húmedo…?

¿Te das cuenta de lo encantador que es la manera en que vuelan, como si fuesen impalpables plumas, las pequeñas semillas de esos árboles gigantes que llamamos hayas…?

¿Te has imaginado que, ahora que visitas este jardín, descubrimos dos grandes mundos: el mundo de a pie y el mundo que se vive en la copa de los árboles…?

¿Has pensado en el sosiego que ofrecen las plantas ante una situación dramática, como una enfermedad o un duelo…?

¿Acaso no es una maravilla la flor que contempla amaneceres?

Y nuevamente, ¿qué te provoca visitar un jardín…?

Sucede pues, que cada oportunidad tiene sus propias preguntas.

 


Sigue Benedetti…

“Aquellos dos por ejemplo a la izquierda del roble

(también podría llamarlo almendro o araucaria

gracias a mis lagunas sobre Pan y Linneo)

hablan y por lo visto las palabras

se quedan conmovidas a mirarlos

ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos.”

 

 

El jardín es una invitación a adentrarse en busca del conocimiento de uno mismo, de nuestras zonas de luz y sombra, un espacio de orden y seguridad, en el que, en cierto modo, hay que escapar para, dejar atrás nuestros propios monstruos.

 

“Para mí que el muchacho está diciendo

lo que se dice a veces en el jardín botánico…

 

ayer llegó el otoño

el sol de otoño

y me sentí feliz

como hace mucho

qué linda estás

te quiero…

 

yo trabajo con ganas

hago números

fichas

discuto con cretinos

me distraigo y blasfemo

 

pienso a veces en Dios

bueno no tantas veces

no me gusta robar

su tiempo

y además está lejos

vos estás a mi lado…”

 

Pienso que, como en El Jardín Secreto (otra lectura recomendada, por cierto), dentro de todo lo que miramos hay un jardín, donde la felicidad es tanta que uno quiere ya quedarse ahí para siempre.

Por mi parte, aún no se lo he dicho a mi jardín, pero lo que he descubierto y sentido a lo largo de los años es tanto y me ha gustado enormemente.

Ojalá a ustedes también les den ganas de visitar sus propios jardines cercanos y no tanto, de fuera y del interior. Véanlos con los ojos del alma y con el corazón emocionado. Permítanles que encanten…

 

Para terminar, regreso con Benedetti…

“No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el Jardín Botánico es un parque dormido

que sólo despierta con la lluvia.

 

Ahora la última nube ha resuelto quedarse

y nos está mojando como alegres mendigos.

 

El secreto está en correr con precauciones

a fin de no matar ningún escarabajo

y no pisar los hongos que aprovechan

para nacer desesperadamente.”

 

“No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

Pero cuando la lluvia cae sobre el Botánico

aquí se quedan sólo los fantasmas.

 

Ustedes pueden irse.

Yo me quedo.”

 

Cada año y cada día que pasan, sigo viendo a este, mi amado jardín, tan lleno de flores, tan verde, tan apacible, como fue en aquella mañana de verano de 1982…

 

(Texto basado en el guión para un TED TALK,

que ofrecí en el Jardín Botánico Clavijero hace un par de semanas…)

 

viernes, 25 de junio de 2021

Una mañana en un bosque nublado

Inspirado en “Tiempo del bosque” de Nikolai Sladkov (URSS, 1920-1996). 
Dedicado a nuestro amado y extrañado papá, Dante Gómez Cervantes (1941-2015), a raíz de una visita a La Martinica, un día antes del Día del Padre 2021.

En el bosque el tiempo parece que no corre… Los claros y a veces azules rayos del sol atraviesan la miríada de brechas que se extienden por el techo verde, rompiendo así las sombras y dando la impresión de estar rodeados de luces que se encienden y apagan continuamente. Este pasar lento del tiempo es una de las muchas cosas que me hace disfrutar, desde niño, las largas caminatas por nuestros bosques de niebla, que alguna vez fueron majestuosos e inexplorados, y que hoy son, en su mayoría, relictos muy valiosos; son auténticas islas de diversidad inmersas en un mar de cosas construidas por los humanos. La otra, muy importante, maravillosa y emotiva razón que me hace disfrutar estas caminatas, es la presencia y compañía de mi familia: mis hijas, mi esposa, y una o dos perrillas de nuestra tropa doméstica. Así fueron también aquellas largas, larguísimas caminatas que hacíamos Karel, Yarim, a veces con mi mamá y nuestros queridos perros (siempre no menos de tres) por el Cerro de la Galaxia, “la montaña” le llamábamos. Pero esas caminatas eran particularmente placenteras y disfrutables cuando Dante también iba con nosotros. Esto ocurría sobre todo en vacaciones de verano, cuando cada día era una verdadera aventura, alimentada por fantásticas lecturas en esa voz grave y a la vez cadenciosa, suave y calma, de nuestro Dante.

Hoy es un día soleado y bochornoso, y de la tierra obscura y húmeda, de sus miles y miles de rincones, surgen los hongos, apacibles habitantes del estrato más bajo de estos países de fantasía. Son muy semejantes entre sí, pero los hay de muchas, muchísimas especies. Como ocurre con las personas, es raro encontrar dos individuos iguales, aunque sí muy parecidos. A veces los rayos del sol dan directamente sobre ellos, y entonces, presenciamos un auténtico festival de bellas y danzantes luces que encienden y apagan, cambian de ritmo y vuelven a encenderse y apagarse, y así por mucho tiempo. Quizá sea una de las numerosas maneras en que los espíritus del bosque -llámense hadas, elfos, aluxes o chaneques- nos dicen “¡Hola! ¡Qué bueno que te das tiempo para caminar por nuestra tierra!”. El sonido del agua que corre por un arroyuelo, cargado y veloz por las recientes e intensas lluvias, es el complemento perfecto para este singular escenario y sus visitantes.

Sigo caminando y, al hacer una pausa, me percato que una ardilla está casi inmóvil sobre un tronco a mi lado; mueve ligeramente las orejas y mira hacia arriba, donde hay un brillo apagado y apacible. El tronco donde yace, al parecer parte de un encino, es gris con grietas negras. Me acerco lentamente y miro en la misma dirección: en una rama lateral más arriba: apenas visible gracias a su magnífico camuflaje, distingo una serpiente marrón con la mirada fija -según yo-sobre mi reciente amiguita peluda. Distingo su pequeña cabeza con mandíbulas apretadas y sus ojos como pequeñas y obscuras esferas navideñas. Comprendo entonces porqué a pesar del natural miedo que inspiramos los humanos, la ardilla no movió ni un párpado cuando me acerqué. Ambas se han percatado de su mutua presencia. Todo lo que está alrededor de nosotros está inmóvil y silencioso. El tiempo parece haberse detenido nuevamente. Y entonces, arriba, sobre el techo del bosque verde, olas de una ráfaga de viento mueve la verde estructura por completo, tomando por sorpresa a todos los habitantes de esas alturas, sobre todo a los insectos y a los pájaros. Una sinfonía de cantos, voces y otros sonidos saluda la llegada de esta refrescante brisa, al tiempo que muchas, muchísimas hojas ruedan desprendidas de sus plantas maternas. Es un momento mágico y muy corto, pero agradezco ser testigo de ello. Dirijo mi vista hacia donde estaba la ardilla y…¡se ha marchado! Ya no está sobre el tronco. Veo a la serpiente partir rápidamente hacia otros puntos de las ramas mas altas. Le deseo mejor suerte, pues ella también busca su alimento. Este podría ser el inicio de una historia, tal vez un cuento de sublimes aves de fuego, ranitas y gansos que se transforman en bellas princesas o príncipes y de pájaros carpinteros que no quieren trabajar buscando larvas en los árboles, inspirado en aquellos maravillosos cuentos rusos de la editorial Progreso, muchos de ellos compilados por Aleksander Afanásiev (lo recuerdo bien), que leímos con Dante, o bien que nos obsequió en innumerables ocasiones.

Por encima del dosel, siempre con su séquito de nubes, el sol avanza lentamente hacia el oeste, en tanto muchos insectos y aves se dirigen hacia el este. Avanzamos un poco más y es entonces que, sin anunciarse, aparece frente a nosotros una ventana forestal por la que entra una gran cantidad de luz: se trata de un pastizal muy largo, en el que manos bienhechoras plantaron, se ve que hace varias semanas o pocos meses, algunas coníferas. El rayo del sol es como una flecha divina y vitalizadora para estos jóvenes colosos y, al despedirnos de ellos, les deseamos que su vida sea larga y próspera, pues tenemos muy claro que el mundo necesita a los árboles, así como las abejas necesitan a las flores.

El tiempo del bosque revoloteó y se detuvo; se expande y luego se acorta. Es como estar en un portal fantástico de una historia de viajes en el tiempo. Cuando regresamos bajo el dosel, el sol vuelve a moverse en el cielo y las pequeñas manchas de luz en el suelo se mueven por lo que fue alguna vez una vasta tierra boscosa y nublada. Y pienso que con ellos, el sol y los pequeños círculos de luz sobre el suelo, los seres de este microcosmos se mueven también en todos los bosques del mundo. Se mueven lenta e imperceptiblemente, de la misma manera en la que se mueve el tiempo del bosque perezoso. Moviéndose como en un sueño ...



lunes, 20 de mayo de 2019

Ulises (1975-2018)

Tengo muchos pensamientos y sentimientos que no logro articular.

Tengo miedo a las llamadas telefónicas con malas noticias. 

Tengo miedo a las enfermedades...

Soy testigo y acompañante del dolor de esta familia, la mía por elección, a quienes veo desmoronarse, desde hace un año, en que la muerte llegó a fragmentarlos.

Comparto esto aquí, son las palabras de una hermana herida, las mejores que nadie le pudo haber escrito. 

Es mi deseo que todos y cada uno de ellos logren aprender a seguir adelante con todo y estas irremediables ausencias, honrando su memoria, viviendo lo mejor posible...

jueves, 20 de diciembre de 2018

Otro recuerdo de infancia. La Noche Santa, de Selma Lagerlöf

Este blog está cargado de recuerdos bellos. Hoy comparto un cuento cortito, que cae muy bien en esta época navideña, y que como suele pasar no es "lineal", es decir, no es sólo el recuerdo de Dante leyendo, sino del libro mismo, de las lecturas en tardes vacacionales frías, y del cúmulo de tarjetas de UNICEF que cada uno de nosotros tenemos...



La Noche Santa (Selma Lagerlöf).

Apenas contaba cinco años de edad cuando experimenté una gran pena. No sé si desde entonces habré tenido otra mayor. La causa fue el triste fallecimiento de mi abuela. 

Hasta entonces, la bondadosa señora estuvo sentada siempre en un rincón de la estancia contando cuentos. Recuerdo siempre que la pobre estaba sentada allí, refiriendo historias, de la mañana a la noche, y que nosotros, niños, sentados en torno suyo, escuchábamos silenciosos sus narraciones. ¡Magnífica vida! No había pequeñuelos que lo pasaran mejor que nosotros. De la bondadosa anciana solo puedo recordar que tenía una hermosa cabellera blanca como un gran copo de algodón. Que caminaba muy encorvada y que sus manos jamás abandonaban la calceta. 

También recuerdo que siempre que terminaba la narración de algún cuento me colocaba una mano sobre la cabeza, diciendo: “Y todo esto es tan cierto como que yo te veo y tú me ves”. Recuerdo, además, que sabía cantar bellas canciones; mas esto no solía hacerlo todos los días. Una de estas canciones se refería a un caballero y a una sirena y tenía un estribillo que decía algo así como: ¡Oh, cuán glacial y cuán violento Sopla en el lago inmenso el viento! Igualmente acuden a mi memoria una oración cortita y unos salmos en verso que ella nos enseñó. 

De tales cuentos e historias solo conservo un recuerdo débil y vago, si bien de una de ellas me acuerdo tan claramente que podría narrarla sin la menor dificultad. Es una leyenda breve sobre el nacimiento de Jesús. 

Además del inmenso dolor que me produjo su partida, que es lo que más fielmente quedó grabado en mi corazón, es únicamente esto, poco más o menos, todo lo que recuerdo de mi abuela. Acude a mi mente, con asombrosa nitidez, la mañana aquella en que el viejo sillón apareció vacío. ¡Cuán imposible me parecía que pudieran transcurrir las largas horas de aquel día! De esto sí que me acuerdo. Es una de las cosas que no olvidaré jamás. No he podido olvidar la mañana aquella en que los niños fuimos conducidos a besar la mano de la muerta. Sentíamos miedo; pero alguien nos dijo que, por última vez, teníamos que dar las gracias a la abuelita por todas las alegrías que nos había proporcionado.

Así, fábulas y canciones salieron de aquella mansión encerradas en un ataúd largo y negro, para no volver. Creo que para nosotros había desaparecido algo de la vida. Era como si se hubiera cerrado la puerta de entrada a un mundo lleno de bellezas y mágicos esplendores, en el que antes nos era dado entrar y salir libremente. Y nadie más supo volver a abrir aquella puerta. 

Recuerdo, igualmente, que fuimos aprendiendo poco a poco a jugar con muñecas y juguetes, a vivir como los demás chiquillos, y aquello se me antojaba algo así como si nos olvidáramos de la abuelita, como si no pensáramos más en ella. 

Todavía hoy, después de cuarenta años, al coleccionar las leyendas sobre Jesucristo que oí narrar allá lejos, en el mágico Oriente, acude a mi mente, nítida y bella, matizada con los más vivos colores de la realidad, la breve historieta del nacimiento de Jesús que me contó mi abuela. Y siento deseos de contarla de nuevo y añadirla a mi colección. 

Era un día de Navidad. Todos salieron para ir a la iglesia, con excepción de la abuelita y yo. Creo que nos quedamos solitas en toda la casa. Nosotras no habíamos podido ir con los demás: una, por demasiado niña; la otra, por demasiado vieja. Y las dos nos hallábamos entristecidas por no poder escuchar las bellas canciones de los maitines ni ver las bonitas luces con que estaría adornada la iglesia aquel día. 

Como nos hallábamos solas y en el mayor silencio, la abuelita empezó una de sus narraciones: –Pues, señor…

Érase una vez un hombre que salió de noche en busca de fuego. Iba de casa en casa y, llamando a las puertas, decía: “Buena gente, socorredme; mi mujer acaba de recibir un niño y no tengo fuego para calentar a la madre y al pequeñuelo”. Pero era tan tarde y la noche tan oscura, que todos dormían y nadie respondía a sus llamadas. El hombre caminaba, caminaba… Por fin divisó a lo lejos el resplandor de una fogata. Allá se encaminó apresurando el paso, y vio que la hoguera brillaba en medio del campo. Multitud de blancas ovejas dormían en torno del fuego y el viejo pastor guardaba el rebaño. Cuando el hombre que buscaba fuego, llegó cerca de las ovejas, percibió tres enormes perrazos que dormían a los pies del pastor. A su llegada se despertaron los tres y abrieron sus tremendas fauces, como si quisieran ladrar; mas no se oyó ladrido alguno. El hombre vio cómo se les erizaba el pelo del lomo, cómo sus dientes agudos y blanquísimos relucían al resplandor de la hoguera, hasta que se abalanzaron sobre él. Y vio cómo uno de ellos se le lanzaba a la garganta, mordiéndole otro el pie y otro la mano, pero las quijadas y los colmillos de los perros quedaron paralizados y el hombre no sufrió daño alguno. Entonces el hombre quiso seguir avanzando en busca de lo que necesitaba. Pero las ovejas estaban tan apretadas, lomo contra lomo, que el hombre no podía dar un solo paso. Y no tuvo más remedio que pasar por encima de las ovejas dormidas para poder acercarse a la hoguera. Y ni un solo animal se despertó ni hizo el menor movimiento.

Hasta aquí pudo continuar su cuento la abuelita sin ser interrumpida, pero en ese instante no pude menos que preguntar: –¿Y por qué no se movieron ni despertaron, abuelita? –Pronto lo sabrás –me contestó. Y siguió su narración: 

–Cuando el hombre se hallaba ya casi junto a la hoguera, el pastor se despertó. Era ese un hombre malo, duro y sin entrañas. Cuando veía a algún extraño, empuñaba una vara larga y puntiaguda, que usaba cuando apacentaba el ganado, y se la arrojaba con violencia. Y también aquella vez la vara silbó en el aire con dirección al hombre; mas, antes de que hubiera podido tocarle, se desvió y fue a caer lejos, en el campo. 

De nuevo interrumpí a la abuelita: –Abuelita, ¿por qué la vara del pastor no quiso herir al hombre? Pero la abuelita no se entretuvo en contestarme, y continuó: 

–Entonces el hombre se acercó al pastor y le dijo: “Buen amigo, haz el favor de prestarme un poco de fuego; mi mujer acaba de recibir un niño y necesito fuego para calentar un poquito a los dos”. El pastor habría preferido negárselo, pero cuando pensó en que los perros no habían podido causarle mal alguno, que las ovejas no se habían asustado y que la vara no había podido herirlo, sintió cierto temor y no se atrevió a negar al forastero lo que pedía. “Toma todo el que necesites”, le contestó. Mas el fuego estaba casi consumido. Ya no quedaban troncos ni ramas, sino un gran rescoldo, y el forastero no llevaba pala ni cubo para recoger las ardientes ascuas. Cuando el pastor se dio cuenta de ello volvió a repetirle: “Llévate todo el que necesites”. Y se regocijaba al pensar que aquel hombre no podría llevarse nada. Pero el hombre se inclinó sobre la hoguera y con sus desnudas manos sacó los carbones encendidos de entre las cenizas y los fue colocando en su capa. Y las ascuas no quemaron ni sus manos ni la tela. Y el hombre se las llevó con la misma facilidad que si hubieran sido nueces o manzanas. 

Aquí fue interrumpida la abuelita por tercera vez: –Abuelita, ¿por qué no quemaban al hombre los carbones? –Ya lo sabrás –contestó la abuelita. Y prosiguió el cuento:

–Cuando el pastor, que era muy malo y despiadado, vio aquello empezó a asombrarse. “¿Qué noche será esta en que los perros no muerden, las ovejas no se asustan, las lanzas no matan y el fuego no quema?”, se decía a sí mismo. Y llamando al forastero, le preguntó: “¿Qué noche es esta? ¿A qué se debe que todas las cosas se muestren tan clementes?”. Y el pobre le contestó: “No puedo decírtelo si tú mismo no lo ves”. Y se dispuso a emprender su camino para encender cuanto antes el fuego que debía calentar a la madre y al hijo. 

"Y del zurrón que llevaba al hombro sacó una suave piel blanca de cordero
y se la entregó al forastero, diciéndole que acostase al niño sobre ella"
El pastor pensó que no debía perder de vista a aquel hombre hasta averiguar lo que significaba todo aquello. Y se levantó y lo siguió hasta el lugar donde se detuvo el forastero. El pastor vio que el hombre no tenía ni una mala cabaña como habitación y que su mujer y el niño se hallaban en una cueva de la montaña, cuyas paredes, desnudas, eran de dura y fría piedra. Al ver que el pobre e inocente niño podría helarse en aquella gruta, se sintió conmovido, y decidió hacer algo por él, no obstante ser de corazón duro. Y del zurrón que llevaba al hombro sacó una suave piel blanca de cordero y se la entregó al forastero, diciéndole que acostase al niño sobre ella. Y en el mismo instante en que demostró que él era capaz también de sentir piedad, se abrieron sus ojos, y vio lo que antes no había podido ver, y oyó lo que no le había sido dado oír. 

Vio cómo en torno suyo se agrupaba un gran corro de pequeños angelitos de alas de plata. Cada uno de ellos tenía una lira en la mano, y todos cantaban, con voz armoniosa y potente, que aquella noche había nacido el Redentor, el que redimiría los pecados del mundo. Y entonces comprendió por qué aquella noche todas las cosas estaban tan contentas que no querían causar el menor daño. Y no solo en torno suyo, sino por todas partes, veía ángeles el pastor: los veía posados en la gruta, en la montaña y volando por la inmensidad de los cielos. Llegaban en legiones incontables, y al pasar ante la gruta se detenían y contemplaban al Niño. La Naturaleza toda se hallaba entregada a un júbilo indefinible. Por todas partes resonaban los cánticos de los angelitos juguetones. 

Todo aquello lo veía y sentía el pastor en medio de las tinieblas y del silencio de la noche, aun cuando poco antes nada había podido percibir. Y su corazón se llenó de tal alegría al ver que sus ojos se habían abierto por fin a la verdad, que cayó de hinojos y dio gracias a Dios. 

Cuando la abuelita llegó a este punto, se detuvo y suspiró, diciendo: –Y todo aquello que el pastor vio lo podemos ver nosotros también si nos hacemos merecedores de ello, pues los ángeles bajan volando desde los cielos cada noche de Navidad. Y la abuelita colocó su diestra sobre mi cabeza y dijo: –Acuérdate bien de lo que te he contado, pues es tan cierto como que yo te veo y tú me ves. Para ello no se precisan lámparas ni luces, ni sol ni luna, sino ojos limpios de pecado para poder contemplar la magnificencia del Señor.

Versión tomada de https://www.cuatrogatos.org/docs/ficcion/ficcion_137.pdf

viernes, 19 de octubre de 2018

Amir (2004-2018)


Hace 14 años estábamos haciendo un viaje maravilloso. No eran tiempos de hiper conexión como los actuales, así que Dante era quien nos mantenía en contacto a través del correo electrónico con nuestras familias en Xalapa y Pachuca. Israel estaba muy al tanto del momento se convertiría en tío, que debía ser por esos días. En uno de los correos, recibimos la noticia de que ya había nacido Amir. Era un día como hoy, 19 de octubre pero de 2004, estábamos en Italia, lo que nos alegró inmensamente y le puso la cereza al pastel a nuestro viaje.

Amir tuvo una vida feliz, fue un niño muy amado, con una familia que siempre lo apoyó para alcanzar sus sueños. Tuvo una amorosa mamá y un papá extraordinario. Empezaba a descubrir el placer de los viajes, soñaba con ser piloto o artista, como su tío Israel.

Injustamente, hace siete meses, la vida se le acabó muy pronto, demasiado pronto.
Hay un dolor muy grande en todos los que seguimos este viaje, sin él. El dolor de sus padres, abuelos y tíos es innombrable. Cada uno está buscando respuestas para encontrar resignación y paz en sus corazones. Y honramos su memoria con cada una de nuestras acciones. Hurgando en los buenos recuerdos, agradeciendo por el regalo que fue su paso por esta vida. Él ahora es eterno y libre. Nunca más, nada ni nadie le hará sufrir.

Yo soy librepensadora y estoy convencida, como decía Carl Sagan, de que estamos construídos de polvo de estrellas, así que por eso creo que él -como todos nuestros seres amados que nos han dejado-, ha vuelto a ser materia cósmica.

Siempre está en nuestros sentimientos y pensamientos. Y en un día como hoy, en su cumpleaños, todavía más. Le reiteramos nuestro amor para siempre.

Escribo estas líneas en su memoria, con todo mi amor, para Betty, doña Rafa, don Abel, Bris e Israel.

lunes, 2 de julio de 2018

lunes, 2 de abril de 2018

Año 3





Dante Gómez Cervantes (25 de junio de 1941- 31 de marzo de 2015).

“Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocara de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio adonde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas – decía – en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí. El jardinero estará allí para siempre”.

Ray Bradbury, Fahrenheit 451