El profesor Dante Gómez Cervantes (1941-2015), oriundo de Tempoal, Veracruz, universitario cuya vida y obra en sus propias palabras podrían caracterizarse de modestas, pero, por lo mismo, indudablemente perdurables, falleció el 31 de marzo de 2015. En su calidad de bibliotecario universitario por un buen número de años, que es como lo conocimos la mayor parte de quienes lo tratamos, Dante demostró siempre su dedicación, honestidad, y su profundo amor por los libros y por el servicio. Se distinguió por un afán y meticulosidad tales, con relación al uso del lenguaje y la claridad en las ideas, que en ocasiones causaba una leve incomodidad comprensible entre quienes leíamos -o habíamos leído- mucho menos que él.

En ésto de la cultura escrita se esmeraba tanto y prestaba tal atención, que con suma frecuencia, quienes colaboramos con él nos ruborizamos cuando nos hacía ver fallas -a veces, garrafales- en los textos que, como parte del trabajo, elaboramos durante nuestro quehacer en las bibliotecas de la Universidad.
Esta atención definitiva y constante por el lenguaje y su uso, no pueden ser más que la expresión de un espíritu que apunta a las grandes alturas, a la trascendencia. Sus escritos y comunicaciones, almacenados en la memoria documental de la Universidad Veracruzana, podrían dar testimonio de su altísima estima –bien justificada- por la expresión escrita.
Otro rasgo memorable de nuestro compañero fue su amor por la ciencia ficción, un género en el que abrevó hasta encontrar a sus autores favoritos, entre los que citaba con frecuencia a Ray Bradbury, Ursula K. Leguin, Arthur C. Clark y -por lo que de ellos pudiera contemplarse en el género-: Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y otros, muchos otros.
Compartía su gusto por tal subgénero literario -la ciencia ficción- leyendo en voz alta, en ocasiones, alguno de sus textos favoritos a los compañeros de trabajo. Así conocimos hermosas lecturas como “La penúltima pregunta”, de Isaac Asimov, “Fue a echarle un vistazo a los caballos” (traducción libre de “He Walked Around the Horses”), de Beam Piper, o la breve historia “Luvina”, de Juan Rulfo.
No sabremos a qué otras lecturas acudía con frecuencia en su vida privada, qué otros autores y libros fueron su alimento espiritual constante. Tal vez su esposa, Alba Tirado, o tal vez sus hijos: Dunia, Yarim, Orlik y Karel, lo saben bien, en tanto que imprimió en ellos, sin duda alguna, el mismo amor por la lectura que él sentía.
Como lector infatigable, bibliófilo empedernido, solía mostrar a todos con gran orgullo su mayor tesoro: su biblioteca personal, que ocupa un lugar central en el primer piso de su hogar.
Igualmente, recordamos de él su amor por la música clásica y pop, donde destacaban, entre sus preferencias, las sinfonías de Tchaikovsky, particularmente la obertura “1812”, y las composiciones de Mozart y de Chopin, así como la “Fanfarria para el Hombre Común”, de Aaron Copland. Gustaba mucho de la música de la banda Pink Floyd, particularmente, de los álbumes “Atom Heart Mother “ y “Dark Side of the Moon”.
Dante fue un profesional bibliotecario que prestó sus servicios en diversas bibliotecas, como el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo (CEESTEM), en la Biblioteca Pública de Coyoacán, en la ciudad de México y en algún otro lugar que tal vez se nos escapa; así como en la Biblioteca Central y en la Dirección General de Bibliotecas de la Universidad Veracruzana, de las que fue Director. En tales centros de trabajo, Dante dejó honda huella por su constancia laboral, dedicación y compromiso por el servicio.
A lo largo de su trayectoria profesional, Dante siempre fue capaz de hacer ver y de contagiar esa grave responsabilidad nuestra hacia la sociedad mexicana y veracruzana. En su calidad de funcionario él así lo hizo, influyendo en otros funcionarios como él, en académicos, estudiantes y trabajadores universitarios.
Todos estos rasgos, aunados, nos hacen pensar en él, en lo que nos ha privado su ausencia, tratándose de una personalidad como la suya, caracterizada por su espíritu humanista, para quien los libros representaban puertas que nos abren camino a otros mundos y, las bibliotecas, faros que iluminan los caminos de todas las personas, concebidas decía él como puentes poderosos que conectan al sujeto -y sus necesidades existenciales más profundas- con toda la herencia cultural de la humanidad, único recurso donde aquél puede satisfacerlas razonablemente.
Valgan estas palabras como un modesto elogio a su persona, y como la manifestación del recuerdo hondo y cálido que abrigamos todos los que lo conocimos como padre de familia, amigo y compañero de trabajo.
Su memoria perdurará por siempre en nosotros.
Carlos Alberto Sánchez Velasco y José Luis Mendoza Jácome.
Foto (detalle) tomada de: El gigante en su jardín.
No hay comentarios:
Publicar un comentario