Hermanas y hermano...
En lo que preparo el texto cuyo nombre aparece en esta flor del Jardín del Gigante, rememoro, poco a poco, algunos de los libros que leímos en una casa de campaña en el jardín de la casa de nuestra mamá...
El Señor de Las Moscas (William Golding)
"-La vida-dijo Piggy animadamente- es una cosa
científica, eso es lo que es. Dentro de un año o dos, cuando acabe la guerra,
ya se estará viajando a Marte y volviendo. Sé que no hay una fiera... con
garras y todo eso, quiero decir, y también sé que no hay que tener miedo.
Hubo una pausa
-A no ser que...
Ralph se movió inquieto.
-A no ser que, ¿qué?
-Que nos dé miedo la gente."
-A no ser que...
Ralph se movió inquieto.
-A no ser que, ¿qué?
-Que nos dé miedo la gente."
El Caso de Charles Dexter Ward (H.P. Lovecraft)
"Sus paseos eran siempre aventuras en el campo de la antigüedad y en el curso de ellas conseguía extraer de las miríadas de reliquias de la espléndida ciudad antigua un cuadro vívido y coherente de los siglos precedentes. Su hogar era una gran mansión de estilo georgiano edificada en la cumbre de la colina que se alza al este del río y desde cuyas ventanas traseras se divisan los chapiteles, las cúpulas, los tejados y los rascacielos de la parte baja de la ciudad, al igual que las colinas purpúreas que se yerguen a lo lejos, en la campiña. En esa casa nació y a través del bello pórtico clásico de su fachada de ladrillo rojo, le sacaba la niñera de paseo en su cochecillo. Pasaban junto a la pequeña alquería blanca construida doscientos años antes y englobada hacía tiempo en la ciudad; pasaban, siempre a lo largo de aquella calle suntuosa, junto a mansiones de ladrillo y casas de madera adornadas con porches de pesadas columnas dóricas que dormían, seguras y lujosas, entre generosos patios y jardines, y continuaban en dirección a los imponentes edificios de la universidad."
“¡La
vieja Providence! Aquella ciudad y las misteriosas fuerzas de su prolongada
historia le habían impulsado a vivir y le habían arrastrado hacia el pasado,
hacia maravillas y secretos cuyas fronteras no podía fijar ningún profeta. Allí
esperaba lo arcano, lo maravilloso o lo aterrador, aquello para lo cual se
había preparado durante años de viajes y de estudio. Un taxi le condujo hasta
su casa pasando por la Plaza del Correo, desde donde pudo vislumbrar el río, el
mercado viejo y el comienzo de la bahía, y siguió colina arriba por Waterman
Street hasta llegar a Prospect, donde la cúpula resplandeciente y las columnas
jónicas del templo de la Christian Science, iluminadas por el sol poniente,
despedían destellos rojizos hacia el norte. Vio luego las mansiones que habían
admirado sus ojos de niño y las pulcras aceras de ladrillo tantas veces
recorridas por sus pies infantiles. Y al fin el edificio blanco de la granja a
la derecha, y a la izquierda el porche clásico y los miradores de la casa donde
había nacido. Empezaba a oscurecer y Charles Dexter Ward había regresado a su
hogar.”
Uno de los libros más maravillosos que leímos con Dante fue Plutonia, del ruso Vladimir Afanásievich Obruchev...
“A la mañana siguiente, cuando
los viajeros subieron a cubierta, no se veía ya tierra a Occidente. Al Este, la
tierra continuaba visible: eran las costas de Alaska con sus rocosos cabos de
Lisburne y de Hope, que limitan al Norte el golfo de Kotzebue. El viento
favorecía la marcha y, desplegadas las velas, el Estrella Polar bogaba por las
olas como una enorme gaviota. De vez en cuando se cruzaban con campos de hielo
y pequeños icebergs que, con un suave balanceo, flotaban lentamente, empujados
por el viento, hacia el Nordeste. Cuando las orillas de Alaska empezaron a
desaparecer en el horizonte, Makshéiev, de pie junto a la borda con los demás
pasajeros, gritó:
- ¡Adiós, antigua tierra rusa,
tesoro regalado a los americanos! –
¿Por qué? -sorprendióse Borovói-.
Si no recuerdo mal, nuestro gobierno vendió a los Estados Unidos esta triste
tierra.
- Sí, la vendió por siete
millones de dólares. Pero, ¿sabe usted cuánto llevan sacado ya los yanquis de
esta triste tierra?
- Hombre, pues otro tanto o quizá
el doble.
- ¡Qué equivocado está usted!
Solamente en oro llevan sacados de Alaska doscientos millones de dólares. Pero,
además del oro, sin agotar todavía enteramente, hay allí plata, cobre, estaño y
hulla que empiezan ya a extraer. Luego, las pieles, los grandes bosques que
bordean el Yukón. Están construyendo un ferrocarril. Por el Yukón navegan
vapores.
- ¿Para qué lamentarnos? -observó
Trujánov-. De haberla tenido nosotros, Alaska habría continuado en el mismo
estado primitivo que la tierra de Chukotka, donde también hay oro y carbón, y
pieles, sin que se saque ningún provecho de ella.
- Eso es de momento -objetó
Kashtánov-. El libre desarrollo de Rusia está sofocado por la autocracia. Pero,
si cambia el gobierno, quizá, empecemos a trabajar en gran escala."
Lo encuentran en:
http://www.librosmaravillosos.com/plutonia/pdf/Plutonia%20-%20V%20Obruchev.pdf
Lo encuentran en:
http://www.librosmaravillosos.com/plutonia/pdf/Plutonia%20-%20V%20Obruchev.pdf
El paso del Yabebirí (Horacio Quiroga)
En efecto, el tigre que había peleado con el hombre y que lo venía persiguiendo
había llegado a la costa del Yabebirí. El animal estaba también muy herido, y la sangre le
corría por todo el cuerpo. Vio al hombre caído como muerto en la isla, y lanzando un
rugido de rabia, se echó al agua, para acabar de matarlo.
Pero apenas hubo metido una pata en el agua, sintió como si le hubieran clavado
ocho o diez terribles clavos en las patas, y dio un salto atrás: eran las rayas, que defendían
el paso del río, y le habían clavado con toda su fuerza el aguijón de la cola.
El tigre quedó roncando de dolor, con la pata en el aire; y al ver toda el agua de la
orilla turbia como si removieran el barro del fondo, comprendió que eran las rayas que no
lo querían dejar pasar. Y entonces gritó enfurecido:
-¡Ah, ya se lo que es! ¡Son ustedes, malditas rayas! ¡Salgan del camino!
-¡No salimos! -respondieron las rayas.
-¡Salgan!
-¡No salimos! ¡El es un hombre bueno! ¡No hay derecho para matarlo!
-¡El me ha herido a mí!
-¡Los dos se han herido! ¡Esos son asuntos de ustedes en el monte! ¡Aquí está bajo
nuestra protección!... ¡No se pasa!
-¡Paso! -rugió por última vez el tigre.
-¡NI NUNCA! -respondieron las rayas.
(continuará...)








