viernes, 28 de agosto de 2015

Diario de viajes en el tiempo y el espacio en una casa de campaña...


Hermanas y hermano...

En lo que preparo el texto cuyo nombre aparece en esta flor del Jardín del Gigante, rememoro, poco a poco, algunos de los libros que leímos en una casa de campaña en el jardín de la casa de nuestra mamá...


El Señor de Las Moscas (William Golding)


"-La vida-dijo Piggy animadamente- es una cosa científica, eso es lo que es. Dentro de un año o dos, cuando acabe la guerra, ya se estará viajando a Marte y volviendo. Sé que no hay una fiera... con garras y todo eso, quiero decir, y también sé que no hay que tener miedo.

Hubo una pausa
-A no ser que...
Ralph se movió inquieto.
-A no ser que, ¿qué?
-Que nos dé miedo la gente."



 El Caso de Charles Dexter Ward (H.P. Lovecraft)

"Sus paseos eran siempre aventuras en el campo de la antigüedad y en el curso de ellas conseguía extraer de las miríadas de reliquias de la espléndida ciudad antigua un cuadro vívido y coherente de los siglos precedentes. Su hogar era una gran mansión de estilo georgiano edificada en la cumbre de la colina que se alza al este del río y desde cuyas ventanas traseras se divisan los chapiteles, las cúpulas, los tejados y los rascacielos de la parte baja de la ciudad, al igual que las colinas purpúreas que se yerguen a lo lejos, en la campiña. En esa casa nació y a través del bello pórtico clásico de su fachada de ladrillo rojo, le sacaba la niñera de paseo en su cochecillo. Pasaban junto a la pequeña alquería blanca construida doscientos años antes y englobada hacía tiempo en la ciudad; pasaban, siempre a lo largo de aquella calle suntuosa, junto a mansiones de ladrillo y casas de madera adornadas con porches de pesadas columnas dóricas que dormían, seguras y lujosas, entre generosos patios y jardines, y continuaban en dirección a los imponentes edificios de la universidad."

“¡La vieja Providence! Aquella ciudad y las misteriosas fuerzas de su prolongada historia le habían impulsado a vivir y le habían arrastrado hacia el pasado, hacia maravillas y secretos cuyas fronteras no podía fijar ningún profeta. Allí esperaba lo arcano, lo maravilloso o lo aterrador, aquello para lo cual se había preparado durante años de viajes y de estudio. Un taxi le condujo hasta su casa pasando por la Plaza del Correo, desde donde pudo vislumbrar el río, el mercado viejo y el comienzo de la bahía, y siguió colina arriba por Waterman Street hasta llegar a Prospect, donde la cúpula resplandeciente y las columnas jónicas del templo de la Christian Science, iluminadas por el sol poniente, despedían destellos rojizos hacia el norte. Vio luego las mansiones que habían admirado sus ojos de niño y las pulcras aceras de ladrillo tantas veces recorridas por sus pies infantiles. Y al fin el edificio blanco de la granja a la derecha, y a la izquierda el porche clásico y los miradores de la casa donde había nacido. Empezaba a oscurecer y Charles Dexter Ward había regresado a su hogar.”

Uno de los libros más maravillosos que leímos con Dante fue Plutonia, del ruso Vladimir Afanásievich Obruchev...
“A la mañana siguiente, cuando los viajeros subieron a cubierta, no se veía ya tierra a Occidente. Al Este, la tierra continuaba visible: eran las costas de Alaska con sus rocosos cabos de Lisburne y de Hope, que limitan al Norte el golfo de Kotzebue. El viento favorecía la marcha y, desplegadas las velas, el Estrella Polar bogaba por las olas como una enorme gaviota. De vez en cuando se cruzaban con campos de hielo y pequeños icebergs que, con un suave balanceo, flotaban lentamente, empujados por el viento, hacia el Nordeste. Cuando las orillas de Alaska empezaron a desaparecer en el horizonte, Makshéiev, de pie junto a la borda con los demás pasajeros, gritó:
- ¡Adiós, antigua tierra rusa, tesoro regalado a los americanos! –
¿Por qué? -sorprendióse Borovói-. Si no recuerdo mal, nuestro gobierno vendió a los Estados Unidos esta triste tierra.
- Sí, la vendió por siete millones de dólares. Pero, ¿sabe usted cuánto llevan sacado ya los yanquis de esta triste tierra?
- Hombre, pues otro tanto o quizá el doble.
- ¡Qué equivocado está usted! Solamente en oro llevan sacados de Alaska doscientos millones de dólares. Pero, además del oro, sin agotar todavía enteramente, hay allí plata, cobre, estaño y hulla que empiezan ya a extraer. Luego, las pieles, los grandes bosques que bordean el Yukón. Están construyendo un ferrocarril. Por el Yukón navegan vapores.
- ¿Para qué lamentarnos? -observó Trujánov-. De haberla tenido nosotros, Alaska habría continuado en el mismo estado primitivo que la tierra de Chukotka, donde también hay oro y carbón, y pieles, sin que se saque ningún provecho de ella.
- Eso es de momento -objetó Kashtánov-. El libre desarrollo de Rusia está sofocado por la autocracia. Pero, si cambia el gobierno, quizá, empecemos a trabajar en gran escala."
Lo encuentran en:
http://www.librosmaravillosos.com/plutonia/pdf/Plutonia%20-%20V%20Obruchev.pdf


El paso del Yabebirí (Horacio Quiroga)


En efecto, el tigre que había peleado con el hombre y que lo venía persiguiendo 
había llegado a la costa del Yabebirí. El animal estaba también muy herido, y la sangre le 
corría por todo el cuerpo. Vio al hombre caído como muerto en la isla, y lanzando un 
rugido de rabia, se echó al agua, para acabar de matarlo.
Pero apenas hubo metido una pata en el agua, sintió como si le hubieran clavado 
ocho o diez terribles clavos en las patas, y dio un salto atrás: eran las rayas, que defendían 
el paso del río, y le habían clavado con toda su fuerza el aguijón de la cola.
El tigre quedó roncando de dolor, con la pata en el aire; y al ver toda el agua de la 
orilla turbia como si removieran el barro del fondo, comprendió que eran las rayas que no 
lo querían dejar pasar. Y entonces gritó enfurecido:
-¡Ah, ya se lo que es! ¡Son ustedes, malditas rayas! ¡Salgan del camino!
-¡No salimos! -respondieron las rayas.
-¡Salgan!
-¡No salimos! ¡El es un hombre bueno! ¡No hay derecho para matarlo!
-¡El me ha herido a mí!
-¡Los dos se han herido! ¡Esos son asuntos de ustedes en el monte! ¡Aquí está bajo 
nuestra protección!... ¡No se pasa!
-¡Paso! -rugió por última vez el tigre.
-¡NI NUNCA! -respondieron las rayas.

(continuará...)

lunes, 17 de agosto de 2015

Doña Lupita

17 de agosto de 2015...

Después de leer la maestría con que mi querido Karel escribe, dudo que alguna vez yo pueda hacerlo con las reglas literarias, la soltura y con el timing y el pacing que los profesionales de las artes escriben, pero lo que escribo sale del corazón... y en este octavo mes del año número quince del todavía nuevo siglo, mi corazón tiene –debo reconocerlo- varios dolores acumulados. El más grande sin duda es la partida de Dante y los primos Miguel Ángel y Orlik; en el mismo tiempo ingratamente tres muy queridos colegas del trabajo se han ido de manera súbita…y mucho más ingrato aún es la tristísima enfermedad de doña Lupita, mamá de Norma, y su también súbita crisis de salud…

Aunque entiendo las circunstancias y desde luego me duelen, debo reconocer que extraño a mi familia parlanchina. Las hijas están muy tristes por su abuelita y no es para menos… Norma ni qué decir… Hay mucho silencio en casa y nadie lo dice por inalcanzable, pero todo el mundo desea su recuperación… Son, como dice Sabines, los días más largos del tiempo…

Hay esfuerzos en sus corazones por sacar a flote muchas vivencias que, si no mueven a risa, si presentan lo que fue un entorno tranquilo… Uno de ellos fue el de una vez que Oriana, una niña pequeña de entre 2 y 3 años, jugaba, ensimismada y atenta, cuando de repente lazó un exabrupto inesperado y dicho con rapidez y sin ocultarlo: “híjoledelarechingada…”, que ya se imaginan en su voz de niña sonó rarísimo, muy extraño, pues nunca la habíamos escuchado decir “esas cosas”… Norma y yo, como es de suponerse, nos miramos con ojos sapo desmañanado y le preguntamos sin hacer alharaca innecesaria dónde había escuchado esas palabras…y llanamente nos respondió: “así dice mi abuelita Lupe”, lo cual motivó un ataque de risa materno-paterno. ¡Es la doña Lupita que extrañamos!

Cuando Dante enfermó, ella me abrazó muy maternalmente y me dijo palabras que verdaderamente me reconfortaron en un momento en que yo estaba en el suelo. Siempre se lo voy a agradecer…
Para mí, que aún tengo a flor de ojos la ausencia de Dante, me resulta muy difícil ver como una vida se apaga. No imagino –y sí- el dolor y ulterior inconformidad del trance para Norma y sus hermanas y hermanos…y para mis hijas…y no puedo más que solidarizarme con el corazón en la mano…

“…y todos, sin decirlo, te estamos esperando…”


sábado, 8 de agosto de 2015

DANTE XI-XII

(Continúa...)

XI



 … Llegamos hasta donde estaba una puerta de hierro y vidrio esmerilado que accedía por debajo del nivel de la gran sala de lectura. No recuerdo si llevabas tus llaves o algún vigilante nos abrió, pero al entrar y cerrarse las puertas me impresionó el silencio que reinaba al interior. Desde entonces supe que el silencio también se escucha aunque no como cuando por el contrario oímos sonido.  Lo veo más hoy en día como algo que se ha ido perdiendo sin remedio en éste mundo voraz. El mismo silencio se ha contaminado tal como el agua, el aire y la tierra y, el silencio –además- adquiere un aura sagrada al interior de una biblioteca.
Ese día el silencio era triple o cuádruple porque era domingo en que la biblioteca permanecía cerrada al público. La impronta de aquel recuerdo yace como algo místico asentado en lo más hondo de mi espíritu como tesoro preciado a partir de esa experiencia de silencio que no conocía.
Ascendimos por una escalera interna que accedía al nivel de la sala de lectura y cada paso tuyo generaba eco, pues portabas las botas de piel naolinqueñas con tacón sonoro que acompañaron tus pasos por mucho tiempo.
Otra cosa que me causó fascinación fueron los olores que iban desde el producto de limpieza que impregnaba el piso, la naftalina que combatía los asechos de la humedad de la tierra que surgía de los enigmáticos sótanos, a la madera de las estanterías de la sala de lectura y de las gavetas que ocupaban los 4 o 5 niveles de donde derivaba el preponderante olor a papeles y sobre todo el de los libros de aquel inserto vertical del edificio y los cuales formaban el verdadero laberinto en que me sumergí extasiado sin temor a perder el camino de regreso porque era fácil escuchar los pasos de cada quién para encontrarlos de nuevo. Y ahí miré las grandes colecciones de miles de volúmenes ordenados temáticamente según las reglas de catalogación vigentes de la época. Aunque en ese momento aún no sabía leer y por lo tanto el conocimiento confinado ahí me era ajeno, me susurraban tentadoramente con las voces silenciosas comprendida entre sus forros. Mi fascinación me hizo tomar uno de ellos en una zona en que seguramente se recibían y catalogaban adquisiciones recientes. Era uno que parecía un catálogo de las cabezas colosales de la cultura Olmeca, cuya portada mostraba a la más famosa de todas, junto con el Hombre de Vitrubio de Leonardo, y que yo había visto ya en la entrada del museo de antropología y en los vestigios de lo que fuera una carretera en desuso allá por donde al poco tiempo fuimos a vivir con nuestra madre por una de las orillas de la ciudad que ornamentaban reproducciones fieles de las originales que estaban dentro y fuera de las salas del museo. Algún tiempo después, nos regalaste un ejemplar de ese libro de Beatriz de la Fuente del que aprendí a dibujar las ilustraciones y compararlas con las verdaderas cabezas colosales…




XII

No recuerdo el orden preciso en que ocurrieron las vivencias de esa mañana de domingo, pero deambulé todo lo que pude a costa de aquella incursión privilegiada entre la gran sala de lectura y los pasillos de la torre de libros y que exploré junto con Orlik que supongo no sería su primera vez ahí, ya que me guiaba con gran soltura y fingía perderme ocultándose de mí, pero en ese silencio era fácil encontrar una ruta sonora que me permitía encontrarlo fácilmente al tiempo que mi asombro era alimentado con cada hallazgo que descubría a cada paso, como la majestuosa vista de la facultad de Derecho a través de aquellos ventanales que aislaban del mundo exterior me genera el recuerdo intenso de haberlo vivido sumergido en color azul celeste que aquellos diáfanos cristales refractaban al interior de la sala propagándose entre el dédalo de escritorios y sillas dispuestos para los usuarios cotidianos. También miré hacia un grupo de cuatro cuadros labrados colgados en lo alto de una pared lateral y la escalera que hasta entonces no había subido hasta que un llamado silbante interrumpió nuestra exploración procedente de la pared opuesta y que al ubicar su procedencia te vi caminando atrás de unas ventanas de cristal opaco ubicadas a la izquierda de una escalera que iniciaba desde dentro de la sala de lectura que hasta ese momento no había recorrido…





Querétaro, Qro. 8 de agosto de 2015




lunes, 3 de agosto de 2015

Una carta que marcó mi adolescencia temprana...

Hermanas y hermano...

Esta es una carta que marcó mi temprana adolescencia...y que con Dunia comentamos hace poco...

Sé que dante después, inspirado en esta misma carta, escribió un cuento que tituló "Rulfiana"...

Se las dejo, como parte de la memoria colectiva y en memoria de nuestro amado Dante...

sábado, 1 de agosto de 2015

DANTE IX-X

(continúa)

IX



Descendimos por un camino que seguía la orilla del último lago, por la antigua estatua de águila de alas cortas que separa al lago más grande del lago en que convivían patos y flamencos rosados de piernas largas. Seguimos el trazo caprichoso del camino que incluía transitar entre unos incipientes arbustos y enormes eucaliptos con que se reforestaba aquella zona. El sonido del aire al pasar por sus copas generaba un sonido aflautado y la brisa acariciaba con un aroma delicado y refrescante. También cayeron miles de conitos y hojas secas que se acumulaban a la vera del camino. Confeti y serpentinas de una fiesta de los sentidos nuevos para un niño curioso y asombrado que debió haberte abordado muchas preguntas sucesivas. El día era soleado y casi sin nubes aún. Ese lugar desde entonces me pareció maravilloso y tengo grandes recuerdos y sueños que lo tuvieron como escenario. En una curva pronunciada, divisamos a lo lejos varios edificios de las facultades asentadas en esa zona y las instalaciones de la alberca olímpica, cuyo trampolín me pareció una escalera corta al cielo.
Iniciamos un breve ascenso en el margen derecho del camino y miré la biblioteca por primera vez. Sus enormes ventanales transparentes me impresionaron, pues no había visto algo así hasta entonces y la arquitectura de prismas geométricos encontrados y fusionados me resultó fascinante. Corrí. Di vueltas y cabriolas en la jardinera frontal que básicamente cubría un pasto corto y denso como de un campo de golf y algunos setos con plantas de diferentes colores. Entonces vi la figura gris y desnuda sobre su pedestal central de la jardinera principal desde la cual recibía con actitud reflexiva a quienes caminaban por los senderos que accedían al recinto. Era el guardián de la biblioteca laberíntica a sus espaldas. Siempre pensé que eras tú. Eso –hasta ahora que lo pienso- debió ser el germen de aquel peculiar sueño…
-       – Es El Pensador, de Kiyoshi Takahashi- respondiste mi pregunta.



X

Unos once o doce años atrás, mientras pensabas en retirarte del trabajo que ejerciste la mayor parte de tu vida y que te había traído de regreso nuevamente a Xalapa después de algunos años de vivir en el DF, estoy seguro que lamentaste tanto como yo, que ese inmueble maravilloso se hubiera transformado en la edificación ordinaria llena de estructuras metálicas que recuerdan mucho a la central de autobuses local, y convertirse en la tienda universitaria que me parece que actualmente es inoperante salvo las ventanillas de atención de la sección de Profesiones y Servicio Social y un cibercafé que se han asentado en ese edificio que sepultó y desapareció de la faz del orbe a la Biblioteca Central que conocí ese día y que genéticamente transferiste algo que me genera mucha nostalgia cuando la recuerdo. Hubiera preferido se conservara como fue aunque sus instalaciones ya no albergaran más la biblioteca, pues ahora está en un gran complejo que también tiene mucho que ver contigo.



Querétaro, Qro. 1 agosto de 2014