(Continúa...)
XI
… Llegamos hasta donde estaba una puerta de hierro y vidrio
esmerilado que accedía por debajo del nivel de la gran sala de lectura. No
recuerdo si llevabas tus llaves o algún vigilante nos abrió, pero al entrar y
cerrarse las puertas me impresionó el silencio que reinaba al interior. Desde
entonces supe que el silencio también se escucha
aunque no como cuando por el contrario oímos sonido. Lo veo más hoy en día como algo que se ha ido perdiendo sin
remedio en éste mundo voraz. El mismo silencio se ha contaminado tal como el
agua, el aire y la tierra y, el silencio –además- adquiere un aura sagrada al
interior de una biblioteca.
Ese día el silencio era triple o cuádruple porque era domingo en que la biblioteca permanecía
cerrada al público. La impronta de aquel recuerdo yace como algo místico asentado en lo más hondo de mi
espíritu como tesoro preciado a partir de esa experiencia de silencio que no conocía.
Ascendimos por una escalera
interna que accedía al nivel de la sala de lectura y cada paso tuyo generaba
eco, pues portabas las botas de piel naolinqueñas con tacón sonoro que
acompañaron tus pasos por mucho tiempo.
Otra cosa que me causó
fascinación fueron los olores que iban desde el producto de limpieza que
impregnaba el piso, la naftalina que combatía los asechos de la humedad de la
tierra que surgía de los enigmáticos sótanos, a la madera de las estanterías de
la sala de lectura y de las gavetas que ocupaban los 4 o 5 niveles de donde
derivaba el preponderante olor a papeles y sobre todo el de los libros de aquel
inserto vertical del edificio y los cuales formaban el verdadero laberinto en
que me sumergí extasiado sin temor a perder el camino de regreso porque era
fácil escuchar los pasos de cada quién para encontrarlos de nuevo. Y ahí miré
las grandes colecciones de miles de volúmenes ordenados temáticamente según las
reglas de catalogación vigentes de la época. Aunque en ese momento aún no sabía
leer y por lo tanto el conocimiento confinado ahí me era ajeno, me susurraban
tentadoramente con las voces silenciosas comprendida entre sus forros. Mi
fascinación me hizo tomar uno de ellos en una zona en que seguramente se
recibían y catalogaban adquisiciones recientes. Era uno que parecía un catálogo
de las cabezas colosales de la cultura Olmeca, cuya portada mostraba a la más
famosa de todas, junto con el Hombre de Vitrubio de Leonardo, y que yo había
visto ya en la entrada del museo de antropología y en los vestigios de lo que
fuera una carretera en desuso allá por donde al poco tiempo fuimos a vivir con
nuestra madre por una de las orillas de la ciudad que ornamentaban
reproducciones fieles de las originales que estaban dentro y fuera de las salas
del museo. Algún tiempo después, nos regalaste un ejemplar de ese libro de
Beatriz de la Fuente del que aprendí a dibujar las ilustraciones y compararlas
con las verdaderas cabezas colosales…
XII
No recuerdo el orden preciso en
que ocurrieron las vivencias de esa mañana de domingo, pero deambulé todo lo
que pude a costa de aquella incursión privilegiada entre la gran sala de
lectura y los pasillos de la torre de libros y que exploré junto con Orlik que
supongo no sería su primera vez ahí, ya que me guiaba con gran soltura y fingía
perderme ocultándose de mí, pero en ese silencio era fácil encontrar una ruta
sonora que me permitía encontrarlo fácilmente al tiempo que mi asombro era
alimentado con cada hallazgo que descubría a cada paso, como la majestuosa
vista de la facultad de Derecho a través de aquellos ventanales que aislaban
del mundo exterior me genera el recuerdo intenso de haberlo vivido sumergido en
color azul celeste que aquellos diáfanos cristales refractaban al interior de
la sala propagándose entre el dédalo de escritorios y sillas dispuestos para
los usuarios cotidianos. También miré hacia un grupo de cuatro cuadros labrados
colgados en lo alto de una pared lateral y la escalera que hasta entonces no
había subido hasta que un llamado silbante interrumpió nuestra exploración
procedente de la pared opuesta y que al ubicar su procedencia te vi caminando
atrás de unas ventanas de cristal opaco ubicadas a la izquierda de una escalera
que iniciaba desde dentro de la sala de lectura que hasta ese momento no había recorrido…
Querétaro, Qro. 8 de agosto de 2015



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