viernes, 8 de mayo de 2015

DANTE GÓMEZ Su paso por las bibliotecas UV, por Jesús Lau



¿Qué debe hacer una persona para ser recordada?
¿Qué es necesario haga un individuo para trascender en el tiempo?


El recuerdo se cincela con emociones, de lo contrario sólo puede tener nubes pasajeras, pasajes mentales que se evaporan.  En el caso de Dante Gómez hay un bagaje de relaciones que hacen que uno recuerde su trabajo, su presencia y su contribución a las bibliotecas de la Universidad Veracruzana.  Uno definitivamente recuerda a las personas por muchos factores, los cuales puede ser por el físico que tienen o tuvieron, por el lugar donde estuvieron, por el tipo de relación que uno tuvo con ellos, pero sobre todo por lo que hicieron, por esas cosas realizadas que trascienden en el tiempo.  

En el caso de Dante, lo conocí cuando tenía la mitad de la vida que ahora tiene.  Mi primer contacto con él fue una mañana del tres de septiembre de 1973, es decir hace 33 años en la Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía (ENBA).   La ENBA rentaba un edificio de seis pisos aproximadamente, por Viaducto Miguel Alemán, en la ciudad de México, donde se impartía el curso intensivo de entrenamiento técnico para bibliotecarios, que organizaba el recién formado, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, en dicha escuela.  Dicho curso era el primer programa de capacitación para personal de bibliotecas académicas en la historia de México, al cual habían convocado a dos representantes por estado del país, integrando dos grupos.

Esa mañana que lo conocí, tenía cuatro días de haber llegado por primera vez a la ciudad de México, una ciudad idealizada por mí, que nunca antes había visitado.  Era la capital de un país que ahora suena lejano, tenía 50 millones de habitantes toda la nación y su capital tendría también la mitad de población que ahora tiene.  Luis Echeverría era el presidente en turno. 

Ese día llegue con dificultades a la dirección de la ENBA, con una hora de retraso a la primera clase, porque el número 122 se repetía tres veces en la misma calzada del Viaducto.  Mi nula experiencia citadina y mi pasado campirano, no me ayudaron en mi lógica de encontrar la Escuela Nacional, que para mi sonaba a la gran escuela del país para bibliotecarios.  En el aula había cerca casi 30 alumnos, entre los cuales estaba Dante, en la segunda fila de enfrente cargado al norte del aula.  Ese lugar sería el mismo donde se sentaría durante el curso.  La clase era conducida por Fanny Wilson, una rubia chilena de figura perfecta, la cual se distinguió por ser una maestra positiva y maternal en todo el programa, que duró seis meses, para mí y doce para Dante.  El programa era un “Curso Intensivo de Entrenamiento Técnico para Bibliotecarios”, un programa que integraba seis materias, bastante pesado, pero de calidad, y con una exigencia de aprendizaje como si fuera de maestría.

Cuando lo conocí, Dante era una de las tres personas más doctas dentro del grupo “B”, donde coincidimos en el CIETEB.  Los sabios era él, una colega de Mérida, Rocío Castro y mi buena amiga también conocida de ustedes, Griselda Gómez, otra veracruzana que trabajó en las bibliotecas  UV por muchos, casi los mismos años que Dante.  Ellos tres eran  las personas que sabían todo, porque tenían experiencia en al área de bibliotecas, eran ya jefes de bibliotecas y con una amplia cultura general, mucho mayor al promedio de los que estábamos en esos grupos, donde algunos teníamos más juventud, pero poca cultura literaria, y menos conocimientos de bibliotecas.  Dante era una persona madura para nosotros, o cuando menos yo así lo sentía.  La diferencia de cronológica era de unos diez años, pero para nosotros era mucha por estar apenas en la segunda década de vida.  Dante, en su caso, nos parecía de mayor edad por su seriedad y lo poco sociable que era, no aceptaba ir con nosotros a las fiestas, ni se unía a nuestros alborotos para celebrar cualquier cosa, como el de que nos hubiera llegado a tiempo la beca CONACYT. 

La seriedad de Dante, por otro lado, no era completa.  En clase él era uno de los que dominaba la palestra.  Sus participaciones eran acertadas y coadyuvaban al desarrollo de la clase, continuamente compartía experiencias, abundaba con detalles, y desarrollaba en extenso lo que decían nuestros profesores en dicho programa, si se le preguntaba, especialmente en catalogación y clasificación.  Los maestros, en consecuencia, lo miraban con respeto, porque podía ser el profesor adjunto de ellos. 

Una anécdota, en ese septiembre que conocí a Dante en el CIETEB, se había dado el golpe de estado en Chile, un 11 de septiembre.  Unos días más tarde, el 23 de septiembre, muere Neruda, el premio Nóbel de la Literatura chilena.  El nombre del poeta salió en la prensa y la televisión de todo México.  Cuando se discutió en clase de catalogación su obra, casi nadie supo bien quien era, sólo Dante, y mis otros dos colegas doctos, supieron quien era ese noble hombre de las letras latinoamericanas. 

Después de ese encuentro inicial con Dante, lo volví a mirar unos años después en la biblioteca del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo, el llamado centro del entonces ya ex presidente Echeverría.  El lugar era de arquitectura mexicana de abundantes colores rosa fussia y equipales.  Un tiempo más tarde, lo volví a visitar en Xalapa en 1997 en la antigua biblioteca central de la UV.  En esa ocasión estuve visitando la Universidad Veracruzana, para dar asesoría en la construcción de USBI Xalapa.  En la primera visita de consultoría, hice un recorrido de lo que era la biblioteca central de aquella época y que ahora es el renovado edificio de la librería del Servicio Bibliográfico Universitario y las oficinas de la Dirección General de Administración Escolar.  Dante, junto con Griselda mantenían impecable y ordenada esa biblioteca. Ciertamente la biblioteca requería de nuevo mobiliario y demandaba de inversiones, sin embargo, a pesar de todo, destacaba el orden y la limpieza, unas características envidiables para muchas bibliotecas del país. 

Tuve  admiración por Dante, por esa dedicación al servicio, por ese don del detalle bibliográfico y su entrega a todo lo que tuviera forma de libro.  Me admiró su sencillez y modestia en todo lo que hacia.  Dante nunca fue una persona de luces o flechazos en las pasarelas de los congresos mexicanos de biblioteconomía.  Él, hasta donde ahora recuerdo, nunca me lo encontré en un  evento, quizá la excepción fueron las Jornadas realizadas en Veracruz.  Siempre tuve la idea de que no le gustaba viajar.  Las veces que lo miré fue porque nos vimos en la Ciudad de México, o bien aquí en Veracruz.
Dante siempre ha sido una persona sobria el vestir, su valor nunca se dimensionó por la cobertura de los ropajes, si no en la magnificencia de su lectura literaria, del servicio a los usuarios y de la entrega a las bibliotecas.  Muchas de las colegas mujeres que integraban la dirección, siempre recuerdan los detalles de esas tarjetas escritas a mano felicitándolas por el díez de mayo o por la Navidad.  En le plano personal, recuerdo que en ese 1973, vine a Xalapa, invitado por Dante y  por Griselda.  Era una visita realizada con presupuesto estudiantil escaso, pero que no fue necesario gastar ninguna moneda porque todo, lo pagaron ambos anfitriones.  En esa ocasión visite la casa de Dante, en un lugar ubicado en alguna colina de Xalapa, de donde se miraban desde su patio las luces de la ciudad.  Conocí a sus hijos, eran niños pre-púberes, quizá de alrededor diez años, estaban, me imagino, en la época de final de la educación primaria.  La visita a Xalapa, tuvo las características del invierno de este lugar, había norte, caía una llovizna fina sin cesar, sin embargo esto no me impidió recorrer Xalapa,  ver la bruma cubriendo las colinas y convivir con nuestros anfritriones. 

A Dante también lo recuerdo como una persona reservada con mucha dignidad en lo que hacia y siempre haciendo sugerencias para tareas que uno pudiera desarrollar, en una de las ultimas reuniones recientes en su oficina, me hizo una larga lista de tareas que podía yo hacer en materia de desarrollo de habilidades informativas.  Me puso en aprietos, porque me dio una lista larga de sugerencias.  Dante siempre tenia una idea, una sugerencia sobre como mejorar el servicio para los usuarios de las bibliotecas UV.

Dante, a lo largo de los meses que conviví con él en la ciudad de México, fue un persona reservada para el estándar común social, aunque reía, siempre fue un tipo diferente, algunos nos distinguimos por el ruido y por la fiesta, el en cambio Dante se distinguía por el estudio y la dedicación a la lectura.

La ciudad de México, de 1973 era una ciudad ciertamente diferente a la actual, el sistema colectivo del metro apenas se había inaugurado en sus primeras rutas, la ciudad de México, se le criticaba por la contaminación, por el tráfico, sin embargo, era todavía una urbe segura, no tanto como las de provincia, pero no tenía la violencia de hoy, la seguridad aún prevalecía en sus calles.  México inició una nueva época, una era nueva para el desarrollo informativo del país.  En esos años se realizaron las primeras acciones, para lo que sería el crecimiento bibliotecario del país.

En resumen, mis recuerdos de Dante son, posiblemente, similares a los que ustedes tienen o deben de tener, si han convivido con él a lo largo de su vida profesional.  Dante es un hombre dedicado, profesional, y respetuoso.  Su presencia en esta universidad es intangible, porque lo que dio, a través de los años, es transparente: un servicio informativo y una larga gestión bibliotecaria, que no se miran fácilmente con el tiempo, sin embargo su trabajo trasciende los umbrales de los edificios donde ha trabajado, porque impactó a cada usuario que a lo largo de décadas cruzaron la puerta de la otrora biblioteca central UV, para pedir un servicio.  Muchos de los profesionistas formados en la Universidad Veracruzana tienen un componente de conocimientos, donde Dante jugó un papel importante, callado, modesto, para que los servicios fueran eficientes dentro de los límites de los recursos que recibía institucionalmente.  Dante cumpliste cabalmente con esta institución.  Tu aportación es valorada.  Ha sido un placer conocerte como un caballero de las bibliotecas UV a lo largo de estas tres décadas.  Gracias por tu presencia en esta Universidad.

Jesús Lau
Abril 6, 2006



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