viernes, 31 de marzo de 2017

El jardín de mi mamá

La casa de mi madre, doña Isabel, tiene un pequeño y hermoso jardín.

No es por su jardinería versallesca de arreglos perfectos y macizos donde los colores están muy definidos y separados...sino por ese desorden ordenado y abigarrado de texturas, tamaños, formas, colores y aromas tan característico de la verdadera jardinería popular mexicana. Unos curiosos pasillos lo atraviesan, de modo que uno puede recorrerlo con lentitud descubriendo a derecha o izquierda rincones bonitos. Siempre he pensado que se ser un ratón o un mapache,  me gustaría vivir en ese jardín,  en uno de esos rinconcitos oscuros y frescos. 

En este jardín sembramos, por iniciativa de Dante -nuestro extrañado papá- al poco de habernos mudado, un par de casuarinas, una araucaria que no prosperó, dos jacarandas y un liquidámbar, que irrumpieron una mañana de verano de finales de la década de  1970, entre los numerosos pastos, arbustos desconocidos, helechos pioneros y una maraña vegetal hermosa y diversa que ya vivía allí y que daba hogar, entre otros bichos, a sapos y ranas que literalmente gritaban en tiempo de lluvias. Casuarinas y jacarandas siguen ahí, regalando su sombra, sonidos e imponente porte a quienes pasan por la calle Cirilo Celis Pastrana y a los pájaros vespertinos, y resistiendo las ganas que nuestros tíos tienen de derribarlos "porque con los nortes se hacen muy feo", y que no es más que el reflejo de una sociedad urbanizada que ve en los árboles, flores, bichos, fauna peluda o plumosa, una serie de daños, peligros imaginarios, oscuridades, ruidos y estridencias desagradables, amén de parásitos, roñas y demás alergias ficticias pero arraigadas. Con el tiempo, ese enorme liquidámbar, que llegó a recibir tucanes y loros según cuenta mi madre, enfermó de corrihuela y se tomó la decisión de quitarlo, cediendo su espacio a la hermosa casita que recibe a Karel y Gaby, a las reflexiones peripatéticas de una Nadia pequeña y a los juegos y exploraciones de Octavio...

Tiene una singular historia este jardín... Antes de mudarnos visitábamos la construcción con frecuencia, imaginando cómo sería la futura casa y haciendo desde entonces el reparto de los espacios... También entre sus primeros beneficios para nuestra pequeña familia, recibió, una tarde de domingo, el cuerpecito endurecido una gatita que había muerto envenenada, y que me parece fue la primera de los muchos amigos peludos de nuestra infancia que descansan ahí. Nombro sólo los que flotan en mi memoria de 50 años: Poupette (pr. Pupet, Olafo, Albinoni (para nosotros simplemente Albino)… posteriormente a la Nubia, Argos, Orión, Garufo, al Pequeño y a las gatas Mamá, la Naca y Cleo... y más recientemente a la Negra, a Piccolo y al Peque. Entre unos y otros, hay varios peludos innominados que llegaron a la casa y que también reposan en ese jardincito.

Más tarde fue sitio ideal para nuestros juegos y búsquedas de grillos, mayates, cocuyos, insectos palo, arañas, mariposas e innumerables insectos de fantásticas formas y sobre los que se contaban también fantásticas historias (por ejemplo que los insectos palo dan calentura, al igual que las mariposas negras, augurio de una muerte en la casa... (Personalmente nunca me las creí del todo y con el paso de los años comprobé que la única muerte que auguraban las mariposas negras nocturnas, generalmente era la suya, a raíz de un escobazo…). 

Tuvimos la fortuna, como dije antes, de que en ese jardín vivieran muchos sapos, con los que hacíamos auténticas carreras entre ellos, haciéndolos brincar al agua de un modesto aljibe remanente (pero que en los calurosos veranos de los ochentas era mejor que cualquier alberca) para ver cuál, si el de Yarim, el de Karel o el mío, llegaba primero a la otra orilla...Por cierto otra historia era que si un sapo te orinaba la mano se te pudría, cosa que desde luego nunca ocurrió, a pesar de que Sofía, nuestra tía política y vecina, asegurara que sí y que había visto a más de uno con la mano -o al menos un par de dedos- seca o podrida. Sofía fue siempre una fuente de historias y términos que hoy están en desuso, pero que suenan muy tiernos y cantarinos, como llamar sarsaguates a las espinas de los pastos y otras hierbas, o decir “caspita” en vez de “cáspita” ante algo asombroso…

Otro personaje de ese jardín inicial fue un señor ya mayor, tal vez medio alcohólico y casi siempre alcoholizado, que hacía jardinería con su azadón y a quien Karel y yo bautizamos como "el huarache veloz" y al que nos gustaba molestar, según nosotros, haciendo que nos viera por la ventana y escondiéndonos de inmediato. Era frecuente que “el Huarache”, por los efectos del aguardiente de caña, durmiera enrollado en un petate, en la banqueta debajo del calentador, de manera que, también, era frecuente que nos tropezáramos con su humanidad dormida…

Fue también el jardín del Sheriff, el enorme perrote de doña Anita Virués, nuestra vecina de toda la vida, quien a pesar de tener una pata delantera prácticamente inmóvil, era muy fuerte e imponente. Hoy puedo decir que el Sheriff era un perro muy "masculino": no hacía muchas fiestas, era tosco y un tanto gruñón...peleaba horriblemente con el pobre Olafo cola de caracol, a quien le sacaba muchos kilos y decímetros, pero a la vez fue un compañero cariñoso, leal y protector. Sus amores con la Poupette no fueron clandestinos, cosa que hacía que Olafo, hijo además de la susodicha, reaccionara con un enojo harto cerval, pues la diferencia de kilos era considerable). No recuerdo cómo murió el Sheriff, pero espero que haya sido de pura vejez, pues como todos los perros del mundo, no merecen que se les arrebate la vida en ninguna de las crueles formas en que muchos llamados humanos lo hacen todavía. De ahí derivo el nombre “elegante” de la Poupette: Pupetina Buenaroma, viuda de Sheriff, que de cuando en cuando solíamos mencionar... En aquel jardín, pues, el Sheriff dormitaba, se rascaba el lomo en la hierba, se apestaba con las ratas muertas o la basura que traían quién sabe de dónde y, a veces, a la medianoche como en un cuento clásico de terror, se escuchaba en la banqueta que daba al jardín el arrastrar de las cadenas y los pasos del ir y venir de un ser que caminaba en tres patas...y que era el Sheriff, escapado de su prisión, buscando dormir en nuestro jardín...

En ese jardín la Poupette, nuestra eternamente extrañada Poupette, organizaba, como dice Yarim en Los Perros"una cacería que no concluía hasta capturar las ratas que se atrevían a vivir entre la leña que Don José, mi abuelo, acomodaba con esmero en el patio trasero. Al final, quedaban todos los troncos tirados y todos los perros, agotados y sedientos, orgullosamente sentados junto a su lideresa y las ratas muertas."

Era, en fin, un amplio y hermoso jardín silvestre, que emulaba modestamente a aquel jardín donde Oscar Wilde permitía que los niños jugaran todas las tardes al salir del colegio, mientras el Gigante propietario estaba de visita en Cornualles…

Después de un par de años, mi mamá decidió crear un jardín menos silvestre, para lo cual contrató a unos jardineros que llenaron de verdes y colores dados por coleos, bugambilias, lirios, platanillos, dalias, zinnias y otras plantas con nombres terribles, pero no por ello menos agradables, como el sangregado, cada rincón del jardincito. Fue cuando llegó la Nubia, una perrita de raza Doberman siendo cachorra. La recuerdo por esas enormes patas que la hacían parecer que iba sobre patines y que nos hizo conocer que había perros que, por su origen menos “rústico” necesitaban alimentos de otra índole como las croquetas, que nuestros primeros perros nunca comieron. A la Nubia la trajeron “de pisa y corre” Dante y mi tío Benito, acompañados de un compadre de éste último, una noche desde la ciudad de México, donde Dante trabajaba desde hacía ya varios años. Fue toda una aventura tener a la Nubia, pues desde chiquilla manifestó un carácter juguetón y cariñoso, que sirvió para cortar de tajo los temores de mi mamá (en buena medida alimentados por Sofía), de que esta raza perdía el olfato y desconocía a su dueño al nivel de casi devorarlo (…eso solo lo he visto en humanos alcoholizados hasta las chanclas, jamás en un perro de ninguna raza o no raza). ¡Todo lo contrario! La Nubia fue una leal, amistosa, cariñosa y maternal compañera de infancia que nunca nos dio un disgusto. Recuerdo que sus primeros hijos fueron hijos putativos, pues literalmente en un arrebato de instinto materno, le arrebató la mitad de su camada a una angustiadísima Poupette, que por ningún motivo estaba dispuesta a ceder la mitad de su progenie a una mamá advenediza, y que tuvo que hacerlo por una salomónica decisión de sus amos humanos para llevar la fiesta en paz. La Nubia, Yarim y Karel organizaban auténticas carreras de resistencia alrededor de la casa de Sofía, hasta el punto de tener que detenerse, todos agotados, en medio del sombreado jardín.

El jardín se consolidó, los árboles y arbustos crecieron y el césped se afianzó creando una agradable alfombra, y era un lugar muy agradable y rico. Yo disfrutaba mucho asomarme a la ventana y ver lo verde del pasto y los árboles creciendo en días soleados, ver cómo bajaba el agua en días de aguaceros y disfrutaba enormemente la densa neblina que de finales de octubre y hasta marzo llegaba a esta parte de la ciudad desde el Macuiltépetl y que lo dotaban de una atmósfera de misterio y frescor. En las Navidades era el sitio perfecto para echar cohetes de luz o que tronaban, y ahí experimentamos lo que pasaba cuando encerrabas el poder explosivo de una "paloma" dentro de un bote de metal, de esos de leche Nido o de Chocomilk.

Nuestros juguetes eran sencillos pero muy interesantes, tal vez porque no eran estrictamente juguetes. Dante nos obsequió una casa de campaña con la que el jardín de la casa de mi mamá además se volvió un auténtico portal a otros planetas con Bradbury, a otros tiempos con Lovecraft y Wilde, al interior de la Tierra con Obruchev y su Plutonia, en varios de los más memorables veranos que he tenido y que ahí permanecerán… ¡Era muy emocionante todo el ritual de armado de la casa de campaña! pues no era como las actuales, que las avientas y se arman prácticamente solas: había que separar tubos y cuerdas para darle la forma y capacidad correcta, y había sobre todo que afianzarla bien en el suelo, un suelo mullido gracias al césped que crecía siempre. En esa casa de campaña y ese jardín dormimos varias noches, y varias noches también tuvimos que abandonar la empresa, como los antiguos exploradores naturalistas, ante los torrenciales aguaceros súbitos que la inundaban, mojando las bolsas de dormir y las cobijas extras. ¡Como patos mojados regresábamos a nuestras recámaras, frustrada nuestra aventura, pero siempre emocionados…


Continuará...

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