La casa de mi madre, doña Isabel, tiene un pequeño y hermoso jardín.
No es por su jardinería versallesca de arreglos perfectos y macizos
donde los colores están muy definidos y separados...sino por ese desorden
ordenado y abigarrado de texturas, tamaños, formas, colores y aromas tan
característico de la verdadera jardinería popular mexicana. Unos curiosos
pasillos lo atraviesan, de modo que uno puede recorrerlo con lentitud
descubriendo a derecha o izquierda rincones bonitos. Siempre he pensado que se
ser un ratón o un mapache, me gustaría vivir en ese jardín, en uno
de esos rinconcitos oscuros y frescos.
En este jardín sembramos, por iniciativa de Dante -nuestro extrañado papá- al poco de
habernos mudado, un par de casuarinas, una araucaria que no prosperó, dos
jacarandas y un liquidámbar, que irrumpieron una mañana de verano de finales de
la década de 1970, entre los numerosos
pastos, arbustos desconocidos, helechos pioneros y una maraña vegetal hermosa y
diversa que ya vivía allí y que daba hogar, entre otros bichos, a sapos y ranas
que literalmente gritaban en tiempo de lluvias. Casuarinas y jacarandas siguen
ahí, regalando su sombra, sonidos e imponente porte a quienes pasan por la
calle Cirilo Celis Pastrana y a los pájaros vespertinos, y resistiendo las
ganas que nuestros tíos tienen de derribarlos "porque con los
nortes se hacen muy feo", y
que no es más que el reflejo de una sociedad urbanizada que ve en los árboles,
flores, bichos, fauna peluda o plumosa, una serie de daños, peligros imaginarios,
oscuridades, ruidos y estridencias desagradables, amén de parásitos, roñas y
demás alergias ficticias pero arraigadas. Con el tiempo, ese enorme liquidámbar,
que llegó a recibir tucanes y loros según cuenta mi madre, enfermó de
corrihuela y se tomó la decisión de quitarlo, cediendo su espacio a la hermosa
casita que recibe a Karel y Gaby, a las reflexiones peripatéticas de una Nadia
pequeña y a los juegos y exploraciones de Octavio...
Tiene una singular historia este jardín... Antes de mudarnos visitábamos
la construcción con frecuencia, imaginando cómo sería la futura casa y haciendo
desde entonces el reparto de los espacios... También entre sus primeros
beneficios para nuestra pequeña familia, recibió, una tarde de domingo, el
cuerpecito endurecido una gatita que había muerto envenenada, y que me parece
fue la primera de los muchos amigos peludos de nuestra infancia que descansan
ahí. Nombro sólo los que flotan en mi memoria de 50 años: Poupette (pr. Pupet, Olafo, Albinoni (para nosotros
simplemente Albino)… posteriormente a la Nubia, Argos, Orión, Garufo, al
Pequeño y a las gatas Mamá, la Naca y
Cleo... y más recientemente a la Negra, a Piccolo y al Peque. Entre unos y
otros, hay varios peludos innominados que llegaron a la casa y que también
reposan en ese jardincito.
Más tarde fue sitio ideal para nuestros juegos y búsquedas de grillos,
mayates, cocuyos, insectos palo, arañas, mariposas e innumerables insectos de
fantásticas formas y sobre los que se contaban también fantásticas historias
(por ejemplo que los insectos palo dan calentura, al igual que las mariposas
negras, augurio de una muerte en la casa... (Personalmente nunca me las creí del
todo y con el paso de los años comprobé que la única muerte que auguraban las
mariposas negras nocturnas, generalmente era la suya, a raíz de un escobazo…).
Tuvimos la fortuna, como dije antes, de que en ese jardín vivieran
muchos sapos, con los que hacíamos auténticas carreras entre ellos, haciéndolos
brincar al agua de un modesto aljibe remanente (pero que en los calurosos
veranos de los ochentas era mejor que cualquier alberca) para ver cuál, si el
de Yarim, el de Karel o el mío, llegaba primero a la otra orilla...Por cierto
otra historia era que si un sapo te orinaba la mano se te pudría, cosa que
desde luego nunca ocurrió, a pesar de que Sofía, nuestra tía política y vecina,
asegurara que sí y que había visto a más de uno con la mano -o al menos un par
de dedos- seca o podrida. Sofía fue siempre una fuente de historias y términos
que hoy están en desuso, pero que suenan muy tiernos y cantarinos, como llamar
sarsaguates a las espinas de los pastos y otras hierbas, o decir “caspita” en
vez de “cáspita” ante algo asombroso…
Otro personaje de ese jardín inicial fue un señor ya mayor, tal vez
medio alcohólico y casi siempre alcoholizado, que hacía jardinería con su
azadón y a quien Karel y yo bautizamos como "el huarache veloz" y al
que nos gustaba molestar, según nosotros, haciendo que nos viera por la ventana
y escondiéndonos de inmediato. Era frecuente que “el Huarache”, por los efectos
del aguardiente de caña, durmiera enrollado en un petate, en la banqueta debajo
del calentador, de manera que, también, era frecuente que nos tropezáramos con
su humanidad dormida…
Fue también el jardín del Sheriff, el enorme perrote de doña Anita
Virués, nuestra vecina de toda la vida, quien a pesar de tener una pata
delantera prácticamente inmóvil, era muy fuerte e imponente. Hoy puedo decir
que el Sheriff era un perro muy "masculino": no hacía muchas fiestas,
era tosco y un tanto gruñón...peleaba horriblemente con el pobre Olafo cola
de caracol, a quien le sacaba muchos kilos y decímetros, pero a la vez fue
un compañero cariñoso, leal y protector. Sus amores con la Poupette no fueron
clandestinos, cosa que hacía que Olafo, hijo además de la susodicha,
reaccionara con un enojo harto cerval, pues la diferencia de kilos era considerable). No
recuerdo cómo murió el Sheriff, pero espero que haya sido de pura vejez, pues como todos
los perros del mundo, no merecen que se les arrebate la vida en ninguna de las
crueles formas en que muchos llamados humanos lo hacen todavía. De ahí derivo
el nombre “elegante” de la Poupette: Pupetina Buenaroma, viuda de Sheriff, que
de cuando en cuando solíamos mencionar... En aquel jardín, pues, el Sheriff
dormitaba, se rascaba el lomo en la hierba, se apestaba con las ratas muertas o
la basura que traían quién sabe de dónde y, a veces, a la medianoche como en un
cuento clásico de terror, se escuchaba en la banqueta que daba al jardín el
arrastrar de las cadenas y los pasos del ir y venir de un ser que caminaba en
tres patas...y que era el Sheriff, escapado de su prisión, buscando dormir en
nuestro jardín...
En ese jardín la Poupette, nuestra eternamente extrañada Poupette,
organizaba, como dice Yarim en Los Perros, "una cacería que no concluía hasta capturar las ratas que se atrevían a
vivir entre la leña que Don José, mi abuelo, acomodaba con esmero en el patio
trasero. Al final, quedaban todos los troncos tirados y todos los perros,
agotados y sedientos, orgullosamente sentados junto a su lideresa y las ratas
muertas."
Era, en fin, un amplio y hermoso jardín silvestre, que emulaba modestamente
a aquel jardín donde Oscar Wilde permitía que los niños jugaran todas las tardes
al salir del colegio, mientras el Gigante propietario estaba de visita en
Cornualles…
Después de un par de años, mi mamá decidió crear un jardín menos
silvestre, para lo cual contrató a unos jardineros que llenaron de verdes y
colores dados por coleos, bugambilias, lirios, platanillos, dalias, zinnias y
otras plantas con nombres terribles, pero no por ello menos agradables, como el
sangregado, cada rincón del
jardincito. Fue cuando llegó la Nubia, una perrita de raza Doberman siendo
cachorra. La recuerdo por esas enormes patas que la hacían parecer que iba
sobre patines y que nos hizo conocer que había perros que, por su origen menos “rústico”
necesitaban alimentos de otra índole como las croquetas, que nuestros primeros
perros nunca comieron. A la Nubia la trajeron “de pisa y corre” Dante y mi tío Benito,
acompañados de un compadre de éste último, una noche desde la ciudad de México,
donde Dante trabajaba desde hacía ya varios años. Fue toda una aventura tener a
la Nubia, pues desde chiquilla manifestó un carácter juguetón y cariñoso, que
sirvió para cortar de tajo los temores de mi mamá (en buena medida alimentados
por Sofía), de que esta raza perdía el olfato y desconocía a su dueño al nivel
de casi devorarlo (…eso solo lo he visto en humanos alcoholizados hasta las
chanclas, jamás en un perro de ninguna raza o no raza). ¡Todo lo contrario! La
Nubia fue una leal, amistosa, cariñosa y maternal compañera de infancia que
nunca nos dio un disgusto. Recuerdo que sus primeros hijos fueron hijos
putativos, pues literalmente en un arrebato de instinto materno, le arrebató la
mitad de su camada a una angustiadísima Poupette, que por ningún motivo estaba
dispuesta a ceder la mitad de su progenie a una mamá advenediza, y que tuvo que
hacerlo por una salomónica decisión de sus amos humanos para llevar la fiesta
en paz. La Nubia, Yarim y Karel organizaban auténticas carreras de resistencia
alrededor de la casa de Sofía, hasta el punto de tener que detenerse, todos agotados,
en medio del sombreado jardín.
El jardín se consolidó, los árboles y arbustos crecieron y el césped se
afianzó creando una agradable alfombra, y era un lugar muy agradable y rico. Yo
disfrutaba mucho asomarme a la ventana y ver lo verde del pasto y los árboles
creciendo en días soleados, ver cómo bajaba el agua en días de aguaceros y
disfrutaba enormemente la densa neblina que de finales de octubre y hasta marzo
llegaba a esta parte de la ciudad desde el Macuiltépetl y que lo dotaban de una atmósfera de misterio y frescor. En las Navidades era el sitio perfecto para echar cohetes de luz o que tronaban, y ahí experimentamos lo que pasaba cuando encerrabas el poder explosivo de una "paloma" dentro de un bote de metal, de esos de leche Nido o de Chocomilk.
Nuestros juguetes eran sencillos pero muy interesantes, tal vez porque
no eran estrictamente juguetes. Dante nos obsequió una casa de campaña con la
que el jardín de la casa de mi mamá además se volvió un auténtico portal a otros planetas con
Bradbury, a otros tiempos con Lovecraft y Wilde, al interior de la Tierra con
Obruchev y su Plutonia, en varios de los más memorables veranos que he tenido y
que ahí permanecerán… ¡Era muy emocionante todo el ritual de armado de la casa
de campaña! pues no era como las actuales, que las avientas y se arman
prácticamente solas: había que separar tubos y cuerdas para darle la forma y capacidad correcta, y había sobre todo que afianzarla bien en el suelo, un suelo mullido
gracias al césped que crecía siempre. En esa casa de campaña y ese jardín
dormimos varias noches, y varias noches también tuvimos que abandonar la
empresa, como los antiguos exploradores naturalistas, ante los torrenciales
aguaceros súbitos que la inundaban, mojando las bolsas de dormir y las cobijas
extras. ¡Como patos mojados regresábamos a nuestras recámaras, frustrada
nuestra aventura, pero siempre emocionados…
Continuará...
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