XIII
Al frente de un escritorio pulcro
con papeles meticulosamente ordenados, posaba incólume un búho de latón cuyos enormes
ojos parecían mirar frontalmente a quien se acercaba. En una repisa posterior
entre libros, papeles y objetos diversos estaba una calavera esbozada con
perfecta simetría en alambre cuyo diseño semejaba a los dibujos que se hacen
con una sola línea y que en varios momentos de la vida presumiste a propios y
extraños pues tú la habías forjado en tu tiempo de estudiante de antropología.
A un costado estaba una ventana elevada que dominaba la zona más alta de la
fachada de la Biblioteca Central. La oficina de la dirección de la biblioteca
tenía una ventana de tamaño moderado desde donde se apreciaba el frontispicio a
espaldas del Pensador que quedaba al centro de la jardinera delantera frente a
la sala de lectura y en otra interna, una vista elevada de la gran sala de
lectura.
- Mira,
viejo…
Me levantaste entre tus brazos
para alcanzar y poner atención a un enorme panal de avispas que se había
asentado en el cristal y que permitía ver el comportamiento de sus ocupantes
sin temor a ser atacado, a menos que se abrieran las rejillas de ventilación
que en esos momentos no era recomendable con semejantes vecinos. Orlik mientras
tanto se divertía simulando fumar en una narguile de aspecto curioso del que
emanaba un aroma desconocido para mí. El tabaco.
XIV
Tuve un maestro a quien le debo
ésta revelación: La historia del ser humano a lo largo de los siglos está
fincada en un cuerpo geométrico persistente: el rectángulo. El cuerpo de aquel
extinto edificio eran tres prismas rectangulares, dos superpuestos
horizontalmente. El primero de ellos era el que ocuparon áreas que durante esa
visita no recuerdo haber atendido tanto como atendí la visita a la biblioteca y
la gran sala de lectura que se situaba debajo del segundo cuerpo rectangular
que formaba mayormente la gran sala de lectura, y la dirección. La torre de
libros se insertaba verticalmente entre ambos cuerpos geométricos por el
centro en la parte posterior.
Efectivamente los rectángulos predominaban la arquitectura en particular de la
biblioteca, pero ciertamente en la vida se pierde la cuenta del número de
rectángulos que encuadra la razón
humana. Viene a mi mente 2001, odisea del
espacio de Kubrik que hizo especial hincapié en esto último, pues la razón
llegó a los seres primitivos al borde del cataclismo y extinción y que en
metafórica alusión el destino cambia y se perpetua con el contacto literal y
figurado con seres cuyo cuerpo físico era un prisma rectangular. Y la torre de
libros rectangular, contenía miles de objetos rectangulares.
Mientras escribo veo los
rectángulos en las ventanas, la mesa, el librero, el dispositivo donde escribo
esta historia, la pantalla de TV que guarda una relación 9 a 16 partes que por
tanto generan un rectángulo, las puertas, el colchón en que duerme mi amada
esposa y en una diversidad de objetos con los que corroboro esta afirmación. La
nave de tu último viaje y el cristal que nos permitía verte también eran
prismas rectangulares.
XV
… Un día, cuando ya habías
regresado a Xalapa y ocupabas la Dirección de Bibliotecas, cuya sede era la
planta baja de la biblioteca que estaba situada abajo de la gran sala de lectura que contenía el área que ocupaba
una colección especial de consulta de libros –especialmente enciclopedias y una denominada libros raros-
cuyos usuarios eran exclusivamente investigadores de todas la áreas de la Universidad, llegó uno de ellos. Amigo tuyo, doctorado en literatura en
Heidelberg, escritor y eminente intelectual quien con la terquedad propia de
niño caprichoso quería llevarse en préstamo algún volumen de esa colección que
no tenía la opción de préstamo a domicilio. Los encargados agotaron todo los
recursos para hacer entender a aquel entendido
quien ya figuraba como usuario incómodo y decidieron llamarte para intentar
razonar con él y evitar malentendidos ulteriores.
Sólo sé que lo conminaste a cumplir
las reglas de aquella área en que no permitía excepción alguna y que tú, como
guardián receloso no ibas a permitir romper con esos lineamientos a pesar de
guardar una relación generalmente amistosa y cordial. Lograste que desistiera
de su cometido y se marchó algo molesto, pero admitiendo a regañadientes la
derrota.
- Tienes la cabeza cuadrada, Dante…- y se marchó
desentendiéndose del asunto…
XVI
Un balcón dominaba la sala de
lectura, desde donde se apreciaban otros ángulos del recinto estaba lleno de
periódicos dispuestos en anaqueles muy diferentes los que imperaban en el resto
de la torre de libros, que junto con revistas de diverso formato conformaban el
espacio al que una pregunta formulada por mí encontró hemeroteca por respuesta. Pero la escalera interna seguía
ascendiendo a niveles superiores al que nos llevaste después de haber realizado
alguna cosa que era en realidad era la razón de aquella visita. Una puerta
diminuta a la que había que subir por una escalera de tres o cuatro peldaños de
hierro que daba al centro frontal del techo de la sala de lectura, era una
explanada amplia y llana que desde donde huyeron espantadas unas palomas por
nuestra presencia y el rechinido de los goznes de la puerta al abrir. Tomaste
mi mano y no la soltaste mientras deambulamos por ahí, pues las orillas no
tenían ninguna protección y la altura era considerable.
La vista era maravillosa desde
aquel punto elevado. Veíamos las facultades circundantes, la alberca olímpica y
una planicie descomunal de color cobrizo donde se efectuaban en ese momento
varios partidos simultáneos de futbol. El sonido de los pitos arbitrales y los
propios de los diversos entusiasmos de la concurrencia se perdió cuando una
locomotora F7, de colores negro y anaranjado con la inscripción que más
adelante pude leer como NdeM, irrumpió con silbidos fuertes que competían con
el sonido rítmico de los motores diesel-eléctricos y la cauda de humo negro que
emergía de algún conducto que permanecía más allá de su fuente vibrante y
maquinal que atravesó la escena y me hizo estremecer más de una vez al tiempo
en que las purgas de aire comprimido acumulado estallaban generando potentes explosiones
ensordecedoras.
- Viejos: ese es el tren que va a
Veracruz…
A pesar del ruido, el tren estaba
conformado por tres o cuatro largos vagones de pasajeros y uno o dos de correo
y carga, sobre los cuales recuerdo haber visto a un par de personas viajando en
los techos de los mismos.
A la fecha sigo pensando que el
tren era la solución de muchos de los problemas de transporte que padecemos
actualmente y como nostalgia remanente, veo que junto a los Campos Juárez, el
tren de pasajeros y la Biblioteca Central, son recuerdos que provocan la
sensación de pérdida irremediable, que aunque dieron lugar a la transformación
de la arquitectura y panorama actual en que conviven los cambios positivos y otros
menos afortunados, el paisaje existente que guarda aquel lugar que marcó mi
infancia hoy en día es notablemente distinto, alejado de aquel esplendor mágico
con que lo conocieron mis sentidos .
(continúa…)




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