viernes, 19 de octubre de 2018
Amir (2004-2018)
Hace 14 años estábamos haciendo un viaje maravilloso. No eran tiempos de hiper conexión como los actuales, así que Dante era quien nos mantenía en contacto a través del correo electrónico con nuestras familias en Xalapa y Pachuca. Israel estaba muy al tanto del momento se convertiría en tío, que debía ser por esos días. En uno de los correos, recibimos la noticia de que ya había nacido Amir. Era un día como hoy, 19 de octubre pero de 2004, estábamos en Italia, lo que nos alegró inmensamente y le puso la cereza al pastel a nuestro viaje.
Amir tuvo una vida feliz, fue un niño muy amado, con una familia que siempre lo apoyó para alcanzar sus sueños. Tuvo una amorosa mamá y un papá extraordinario. Empezaba a descubrir el placer de los viajes, soñaba con ser piloto o artista, como su tío Israel.
Injustamente, hace siete meses, la vida se le acabó muy pronto, demasiado pronto.
Hay un dolor muy grande en todos los que seguimos este viaje, sin él. El dolor de sus padres, abuelos y tíos es innombrable. Cada uno está buscando respuestas para encontrar resignación y paz en sus corazones. Y honramos su memoria con cada una de nuestras acciones. Hurgando en los buenos recuerdos, agradeciendo por el regalo que fue su paso por esta vida. Él ahora es eterno y libre. Nunca más, nada ni nadie le hará sufrir.
Yo soy librepensadora y estoy convencida, como decía Carl Sagan, de que estamos construídos de polvo de estrellas, así que por eso creo que él -como todos nuestros seres amados que nos han dejado-, ha vuelto a ser materia cósmica.
Siempre está en nuestros sentimientos y pensamientos. Y en un día como hoy, en su cumpleaños, todavía más. Le reiteramos nuestro amor para siempre.
Escribo estas líneas en su memoria, con todo mi amor, para Betty, doña Rafa, don Abel, Bris e Israel.
lunes, 2 de julio de 2018
Nostalgia de la izquierda...
Creo que Dante hubiera votado por Ya Saben Quien...y estaría muy complacido...
lunes, 2 de abril de 2018
Año 3
Dante Gómez Cervantes (25 de junio de 1941- 31 de marzo de 2015).
“Cuando
muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un
libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un
jardín plantado. Algo que tu mano tocara de un modo especial, de modo que tu
alma tenga algún sitio adonde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese
árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas –
decía – en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo,
convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus
manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un
auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no
haber estado allí. El jardinero estará allí para siempre”.
Ray Bradbury, Fahrenheit
451
viernes, 9 de marzo de 2018
Jacinto...
Herman@s...
Sé que originalmente este blog fue creado como un homenaje a Dante, por lo que les ruego no tomen a mal que hoy escriba sobre nuestro gato Jacinto...

Una tarde de un día cualquiera, al volver del trabajo Norma
nos platicó que en una carreta abandonada en la calle, cerca del patio de
maniobras de la Bodega Aurrerá, estaban varios gatitos en una caja. Los niños
del barrio se limitaban a mirarlos y a protegerlos un poco del sol, la lluvia y
el frío sin sacarlos de ese lugar. No recuerdo cómo se tomó la decisión, pero
muy de mañana al día siguiente Oriana, enfundad en su traje y maquillaje de Llorona
o al menos de espectro japonés al estilo Yamishibai, salió de la casa y fue
hasta la carreta para regresar con los dos gatitos que pudo encontrar: dos
pequeñuelos rayados y cabezones de tan flacos, que mostraban los estragos de
haber sido separados de su mamá gata a una edad tan corta; tenían quizá un par
de semanas de nacidos. Así fue como Jacinto llegó a la casa familiar…
Siempre he pensado que las plantas y los animales, la naturaleza
pues, son la inspiración de las bellas artes, la música, la danza, la moda en
el vestido. La naturaleza inspira otras cosas como las soluciones
biotecnológicas, los camuflajes, sustancias atrayentes o repelentes y así. Pero
también la naturaleza, y en este caso los animales (aun siendo domésticos)
estoy seguro que han inspirado movimientos y técnicas de lucha cuerpo a cuerpo,
como en el caso de las artes marciales como el aikido: Vicente y Jacinto se
volvieron expertos luchadores y podríamos decir que Vicente fue el sensei y Jacinto el estudiante, que
practicaban en el tatami de la cama y que poco a poco Jacinto fue subiendo en
la escala de colores de cinturón hasta casi igualar a su maestro de lucha…
Aikido para gatos le decíamos… Toda la sabiduría gatuna para el combate pasó de
uno a otro sin por ello dejar de quererse: los gatos se querían mucho. Hoy es claro
que Vicente, al igual que todos los demás, lo extraña mucho; espera que
aparezca por la ventana del baño y lo sigue buscando y llamando por las tardes
y las noches…
Sé que originalmente este blog fue creado como un homenaje a Dante, por lo que les ruego no tomen a mal que hoy escriba sobre nuestro gato Jacinto...

“Yo le puse Vinagrito por estar
feo y flaquito,
pero tanto lo cuidé,
que parece Vinagrito un gatico de
papel
miau miau miau miau con cascabel…”
Jacinto es nuestro gato que viaja en las estrellas…
Su paso por la Tierra y la familia fue corto pero lleno de
amor.
Una tarde de un día cualquiera, al volver del trabajo Norma
nos platicó que en una carreta abandonada en la calle, cerca del patio de
maniobras de la Bodega Aurrerá, estaban varios gatitos en una caja. Los niños
del barrio se limitaban a mirarlos y a protegerlos un poco del sol, la lluvia y
el frío sin sacarlos de ese lugar. No recuerdo cómo se tomó la decisión, pero
muy de mañana al día siguiente Oriana, enfundad en su traje y maquillaje de Llorona
o al menos de espectro japonés al estilo Yamishibai, salió de la casa y fue
hasta la carreta para regresar con los dos gatitos que pudo encontrar: dos
pequeñuelos rayados y cabezones de tan flacos, que mostraban los estragos de
haber sido separados de su mamá gata a una edad tan corta; tenían quizá un par
de semanas de nacidos. Así fue como Jacinto llegó a la casa familiar…
Decidimos adoptar a uno de ellos y las hijas, cono esa
nobleza de sentimientos hacia los animalitos, tomaron la decisión de ofrecer en
adopción a uno de ellos anunciándolo en redes sociales con fotografía y todo.
No fue difícil ni tardó mucho en aparecer un voluntario, amigo de Oriana, a
quien una mañana llevamos a uno de los hermanitos en una cajita de zapatos, con
trapitos calientes y olorosos a su hermano para que no sintiera tanto (o al
menos eso pensamos) la separación.
No estoy seguro cómo fue que decidimos con cual bicho
quedarnos, pero me parece que optamos, como dice la canción de “Vinagrito”, por
el más pequeño, feo y flaquito, a sabiendas que nosotros no rechazaríamos por
su aspecto, en tanto que su hermanito era un poco más grande, más esponjoso y
guapo, atributos que abonarían a su favor con su nueva familia. Y decidimos por
iniciativa de Oriana llamarlo Wilson Jacinto, lo cual en poco tiempo derivó en
simplemente Jacinto…
Así pues, gracias a los cuidados y mimos de las hijas y
nosotros, a los baños, al alimento balanceado y a que todos lo apapachamos y
amamachamos, Jacinto fue creciendo como un muchachito sano, guapo y muy
travieso. Tenía esa chispa que lo hacía un ser muy simpático: se acercaba a
olisquear a la Chata y ella, que también es amorosa y curiosa, quería saber qué
cosa era esa bola de pelos rayada y que de repente cruzaba de un rincón a otro
de la sala. Poco a poco fue estableciendo una relación de alianza gatuna con
Vicente, nuestro gato mayor, que trajimos de la casa de Jardines de Xalapa,
también rescatado de una caja abandonada en la calle… Esa será otra historia. Decía,
poco a poco, aún a regañadientes y entre bufidos de Vicente, fue
estableciéndose una relación primero de curiosidad, poco a poco de tolerancia y
convivencia, hasta una franca relación fraternal y amorosa entre ambos. De ahí
que decíamos que Jacinto era el sobrino de Vicente, y este era el No-Soy-Tu-Tío de Jacinto.
Como llegó un poco antes de la Semana Santa de hace dos años
y después en esas vacaciones de verano, las hijas tuvieron tiempo de jugar con
él y a consecuencia de ello hacerlo un gato que se acercara a las personas y
que fuera juguetón (Vicente siempre fue más arisco…). Le compraron un traje de
Yoda que fue a dar al alambre de púas del vecino, le ponían gorros y suéteres y
así fue acostumbrándose a que lo tomáramos en brazos.
Siempre he pensado que las plantas y los animales, la naturaleza
pues, son la inspiración de las bellas artes, la música, la danza, la moda en
el vestido. La naturaleza inspira otras cosas como las soluciones
biotecnológicas, los camuflajes, sustancias atrayentes o repelentes y así. Pero
también la naturaleza, y en este caso los animales (aun siendo domésticos)
estoy seguro que han inspirado movimientos y técnicas de lucha cuerpo a cuerpo,
como en el caso de las artes marciales como el aikido: Vicente y Jacinto se
volvieron expertos luchadores y podríamos decir que Vicente fue el sensei y Jacinto el estudiante, que
practicaban en el tatami de la cama y que poco a poco Jacinto fue subiendo en
la escala de colores de cinturón hasta casi igualar a su maestro de lucha…
Aikido para gatos le decíamos… Toda la sabiduría gatuna para el combate pasó de
uno a otro sin por ello dejar de quererse: los gatos se querían mucho. Hoy es claro
que Vicente, al igual que todos los demás, lo extraña mucho; espera que
aparezca por la ventana del baño y lo sigue buscando y llamando por las tardes
y las noches…
Era un gato, digamos, común; de tamaño mediano, grande ojos amarillos y con pelaje atigrado,
muy propio para camuflarse entre las macetas, donde cazó algunos pajarillos y
ratones. Era un excelente cazador y por tal motivo le pusimos un collar con
cascabel grande que, en sus andanzas dejó en algún lugar desconocido. Cuando
siguiendo a su maestro Vicente empezó con sus salidas gatunas nocturnas, le
compramos una plaquita de identificación, previniendo que si un día se perdía y
alguien lo encontrara pudiera contactarnos...Cuando Vicente se perdió por segunda vez, no hubo noche en que Jacinto desde el balcón dejara de llamarlo con intensidad preocupada. Estamos seguros que lo escuchaba con su fino oído felino, pues Vicente - lo hallamos un par de días después- estaba encerrado a dos casas de la nuestra...
Afortunadamente esto nunca ocurrió y se volvió un experto,
pero inocente, gato merodeador. En ciertos días pasaba largas horas fuera de
casa y en medio de la noche escuchábamos el ruido de sus saltos al regresar por
el balcón de sus correrías noctámbulas. Regresaba, eso sí, a comer y dormir
mucho. No le faltaban lugares para hacerlo: la cama de Nadia, de Oriana, la
nuestra, donde después de afilarse las uñas, se acomodaba entre ambos, ronroneando, estirado
cuan largo era. Incluso en tiempos recientes gustaba de dormir en la percha
más alta de su gatera, la única percha que logró resistir su ímpetu y energías
juguetonas… Le gustaba bajar a la cocina a la hora de la cena a pedir un poquito
de leche y a jugar con la pequeña Bimba.
Lo perdimos por accidente. No sabemos exactamente qué fue lo
que pasó, y ahora está de más averiguarlo. Creo que como joven gato, inexperto
en la dureza de vida de las calles y de los sin
casa, Jacinto nunca imaginó que los perros se comportaran de una manera
distinta a como lo hacían los perros con los que convivía y jugaba en casa;
quizá jamás pensó que fuera peligroso acercarse a otros perros siendo gato o
simplemente tuvo la mala suerte de estar en mal lugar en mal momento… Esta bolita de pelos rayada descansa
en un rincón del jardín de casa, donde plantaremos, en su honor, un jacinto…
Nuestro gato Jacinto dejó sus huellitas, ronroneos y su amor en
nuestros corazones. Se llevó todo el afecto familiar que el corazón de un joven
gato puede guardar en la eternidad e inmensidad del Cosmos.
¡Salud Jacinto! Viaja para siempre...
jueves, 7 de diciembre de 2017
2017, el año en que vivimos en peligro, o Recuento y reflexión sobre la leptospirosis

"Why in the world are we here?
Surely not to live in pain and fear..."
John Lennon, Instant karma, 1970
Nunca me ha gustado -como yo mismo digo-
engancharme con la atmósfera catastrófica que nos rodea y a muchos nos
apabulla. De hecho, junto con Norma descubrimos que ambos tenemos la costumbre
de observar cosas chiquitas y bellas en su sencillez y pequeñez, cosas que
seguramente pasan desapercibidas para la gran mayoría de las personas en su
tránsito cotidiano. Para colmo, el caos provocado por las múltiples obras para
mejorar la infraestructura urbana y sus consecuentes vías cerradas y
sobresaturadas de vehículos, incrementa esa sensación apabullante y de hartazgo
con el mundo...y son los pequeños detalles (un conjunto de flores silvestres
roja, amarillas y blancas creciendo simultáneamente a la orilla del camino, un
gato arrabalero que vive en un cañaveral en la frontera urbana, un perrito
virtual que se deja ver cada Corpus y San Juan como dice mi madre, el compás de
un movimiento de un concierto de Boccherini al circular en auto...) los que en
esa magnificencia que da la sencillez, me recuerdan que, a pesar de todo, la
vida es bella...
A pesar de ello, para mí es necesario hacer un
alto en el camino y traer a esta pantalla un recuento y una reflexión referidas a un inesperado evento, parte de este
año que ha tenido de todo, cosas que hicieron desbordar la felicidad de la
familia, y otras que representaron dificultades materiales y -lo más lastimoso-
sobre la salud de varios miembros de la familia. Así pues mi intención,
queridos hermanas y hermano, al escribir esto, es una reflexión profunda que no
tiene afanes literarios, sino que pretende llamar la atención de ustedes y sus
queridas familias sobre el peligro de esta enfermedad (la leptospirosis) para
las personas, pues es difícil de diagnosticar certeramente, y muy muy fácil de
adquirir. Pretende ser una alerta para las personas cercanas a ustedes y que
convivan con mascotas (perros, gatos, ratas…mamíferos) y para quienes viven en
sitios donde hay encharcamientos con aguas contaminadas, zonas inundables, o
sobretodo sitios donde donde abunden las ratas. Pretende ser una alerta para
los jóvenes, niñas y niños de la familia, para que sean muy precavidos,
desconfiados y muy higiénicos…

Empiezo mi reflexión y recuento así: Casi todos nosotros, (la familia Gómez García es un claro ejemplo de ello) convivimos con más de una mascota y pocas veces reparamos en la verdadera necesidad de vacunarlos y prevenir la aparición en ellos de enfermedades que eventualmente puedan ser transmitidas a las personas. Nosotros (los Gómez Luna) somos un caso extremo de tenencia de mascotas, pues llegamos a contar con 25 peludos, plumosos y escamosos…y nos tocó la malísima fortuna de recibir, en el mes de abril, un “caballo de Troya”, o mejor dicho una “rata de Troya” a la cual pretendimos salvar de convertirse en alimento de una gran serpiente, y que todo parece indicar que era portadora asintomática de una bacteria muy dañina, como se verá más adelante. Divagando un poco me pongo a pensar en esas grandes epidemias de peste bubónica de la Europa medieval, o la viruela en la Tenochtitlan de 1521...Si aún hoy estábamos literalmente "pariendo chayotes"...¿Cómo hicieron nuestros antepasados para sobrevivir a esas enfermedades sin antibióticos? ¿Cómo ha hecho la humanidad para sobrevivir a las epidemias de difteria, rabia, cólera, sífilis, fiebre amarilla y en los últimos decenios, el SIDA, y otras cosas más sofisticadas como el ébola, las influenzas HnNn, etc..
.
Parte de lo anterior incluye el hecho de que
pocas veces tomamos en serio que debemos vacunarnos contra, por ejemplo, el
tétanos cada cierto tiempo, y contra otras enfermedades, como la hepatitis, que
nos suenan ajenas y lejanas...y no reparas en ella hasta que te pasa... Aquí
vale la pena decir que no hay vacuna contra la leptospirosis humana, pues hay más
de 200 variedades patógenas de esta bacteria, una de ellas de nombre elegante y
terrible a la vez (Leptospira interrogans icterohaemorrhagiae), pero sí la hay
para los perros, a los cuales hay que vacunar dos veces al año...(Sería una
eficiente arma biológica...).


El caso es que a principios de mayo Ori se
quejó de molestias en los riñones. Semanas después, ya en junio, mientras estábamos en
Puebla, adonde acompañamos a Nadia a presentar examen de ingreso a la
UNAM, Oriana empezó a sentirse mal del
estómago, tanto que pensamos ilusamente que era una crisis de ansiedad súbita.
Este malestar se mitigó por si mismo y en los días posteriores todo
aparentemente estaba bien.
Una mañana a mediados del mismo junio, Oriana nos dijo que no había dormido bien, que se sentía agripada y que el cuerpo le dolía, además de un incipiente dolor en la boca del estómago. Ese día ella tenía que ir a la biblioteca del CIESAS, de manera que a media mañana, desde allá, nos avisó por teléfono que se sentía extremadamente mal y que regresaba a casa... Ahí inició este desafortunado proceso. En los dos días siguientes el malestar fue incrementándose: no toleraba la comida y el mínimo bocado le causaba vómito en cosa de minutos...lo mismo ocurría al beber agua. El médico en el Centro de Saludo de Xico diagnostico una infección estomacal pasajera, el Dr. Simi una infección de garganta y en la primera ocasión que estuvo en urgencias del IMSS diagnosticaron una infección de vías urinarias, le indicaron paracetamol para la fiebre... y la enviaron a casa.
Una mañana a mediados del mismo junio, Oriana nos dijo que no había dormido bien, que se sentía agripada y que el cuerpo le dolía, además de un incipiente dolor en la boca del estómago. Ese día ella tenía que ir a la biblioteca del CIESAS, de manera que a media mañana, desde allá, nos avisó por teléfono que se sentía extremadamente mal y que regresaba a casa... Ahí inició este desafortunado proceso. En los dos días siguientes el malestar fue incrementándose: no toleraba la comida y el mínimo bocado le causaba vómito en cosa de minutos...lo mismo ocurría al beber agua. El médico en el Centro de Saludo de Xico diagnostico una infección estomacal pasajera, el Dr. Simi una infección de garganta y en la primera ocasión que estuvo en urgencias del IMSS diagnosticaron una infección de vías urinarias, le indicaron paracetamol para la fiebre... y la enviaron a casa.
Como es de suponerse los síntomas se agravaron
en los siguientes dos días hasta que el domingo 25 de junio (coincidiendo con
el cumpleaños de Dante) nuevamente acudimos a la clínica 66 del
IMSS y (¡¡¡Oh Dios eres grande e iluminas a las almas sabias-...!!!) el médico
de urgencias aceptó que ahí no podían tratarla y la envió a la Clínica 11 del
IMSS, la de Lomas del Estadio. Ahí fue admitida de inmediato e iniciaron los
estudios. Hasta entonces todo parecía indicar una urgencia quirúrgica, cosa que
fue descartada por el cirujano de turno, en virtud de que las pruebas de
laboratorio arrojaban valores alteradísimos (dismunición extrema de plaquetas,
enzimas hepáticas, bilirrubinas y creatininas elevadísimas, y lo peor: se
determinó un cuadro de falla orgánica múltiple (imposible olvidarlo) lo que
indicaba una condición muy grave y en el que su vida corría peligro. Así,
fríamente, nos fue informado por el médico jefe de turno, quien tuvo el buen
tino de advertirnos..."se los digo para que estén preparados" ... Una
noticia así de brutal me desconectó del mundo a mi alrededor y me hizo
concentrarme en la salud de Oriana. En un momento dado la llevaron al área
ginecológica, donde -ahora sí por inspiración Divina - después de preguntarle
si tenía mascotas, uno de los médicos pidió que se buscaran síntomas de
leptospirosis, dado que Oriana comentó que tenía perros, gatos, un conejo y una
rata... Cuando llevaron a Ori de regreso al área de urgencias y logramos hablar
con ella nos dijo "...me dijeron que es algo que tiene que ver con
Freud" (la rata)... Se me pusieron los pelos de punta porque ya tenía idea lejana y vaga de lo que era la leptospirosis pero no quise comentarlo con Norma y en mi
interior rogaba porque se tratara de un caso leve o al menos con solución
pronta.
Los médicos nos volvieron a llamar para
dialogar nuevamente e indicarnos que por el estado de suma gravedad debía
quedarse internada y aislada, que se le practicaría una batería de análisis
para determinar qué clase de infección era lo que estaba ocurriendo, y que iba
desde descartar SIDA, dengue, brucelosis, y un montón más de infecciones
causadas por virus, para lo cual convocarían a internistas, epidemióliogos,
infectólogos, etc... Una vez que estuvo ya en el área de aislados iniciaron el
tratamiento con antibióticos orales (que aún vomitó en varias ocasiones) e
intravenosos para su rehidratación y su estabilización orgánica, que estaba
sumamente deteriorada. El clímax de este deterioro se alcanzó cuando empezó a
presentar dificultades para orinar y respirar (los riñones inflamados y los
pulmones llenos de líquido por un inadecuado intercambio gaseoso), taquicardia
y lo peor, convulsiones por una incipiente meningitis. Todo esto que les cuento
ocurrió en cuestión de horas. ¡Nunca en la vida imaginé que esta enfermedad se
manifestara con semejante violencia!
Para entonces ustedes herman@s, mi mamá, Alba y
las hermanas de Norma por lo menos, ya estaban enteradas y nos acompañaron un
rato grande en la sala de urgencias. Yo regresé a casa esa noche para acompañar a Nadia y
volví temprano al hospital, que fue cuando Norma profudamente preocupada me informó de
que Oriana al menos había convulsionado dos veces. La encontré (a Ori) muy desorientada por el efecto del diazepam que le administraron para evitar más convulsiones,
de manera que cuando la visitaron los médicos (que entonces ya estaban
actuando, y actuando muy bien) y dialogaban con ella, las respuestas eran
incoherentes en tiempos, fechas, lugares, eventos...¡La tristeza que se siente
no tiene comparación con nada! Yo la acompañé a un ultrasonido que le hicieron
en el que afortunadamente no se hallaron mayores daños, y al regresar ya se
había tomado la decisión de trasladarla a la Unidad de Cuidados Intensivos. Por
un lado es terriblemente angustiante saberlo y comprenderlo, pues esa unidad es para aquellos
pacientes que tienen alguna condición grave de salud que pone en riesgo su vida
y que por tal requieren de la vigilancia constante constante de sus signos
vitales, control de líquidos, y por lo tanto un manejo hiper especializado,
pero por el otro, también entendí que iba a estar constantemente atendida hasta
su mejoría. (Me vino a la memoria cuando Dante, después de su cirugía de
corazón, estuvo en UCI o durante su estado de coma porterior a su accidente
vascular cerebral). Para entonces ya el tratamiento con Doxicilina, el
antibiótico específico contra la leptospira estaba iniciado y en proceso,
además de otros medicamentos de soporte y una transfusión de 10
unidades de plaquetas, porque tenía valores muy bajos y estaban vigilando que
no tuviera sangrados (que sí los tuvo...). Sólo podíamos verla tres veces al
día y la mayor parte del tiempo estuvimos en la salita de espera afuera de esa
unidad. Ahí compartimos la tristeza y nos solidarizamos con los familiares de
otros dos pacientes internados en situación muy crítica, pues no puedes hacer
más. Fueron tres días de mucha preocupación...
Con absoluta entereza de ánimo Norma estuvo día y noche al lado de Oriana, y no fue sino hasta que el cansancio la
vencía que salía a tomar el aire y alimento, ya fuera que me quedara yo, mi
mamá o alguna de sus hermanas, en tanto regresaba. Indudablemente como madre o padre no quieres separarte del lugar, pero cómo dejar de reconocer a esta increíble mujer.
La última vez que yo entre a ver a Ori un
ratito en UCI me sentí como si hubiera hecho un esfuerzo muy grande con las
piernas y también un leve malestar del cuerpo, como si estuviera envarado, y un fuerte dolor de garganta. Esa noche pretendíamos quedarnos ambos en la salita,
pero las reglas del IMSS sólo permiten a una persona, por lo que yo dormí en el
coche, o mejor dicho, pasé la noche, pues lo de dormir fue muy relativo. Estoy
seguro que tuve fiebre pues ya empezaba a sentirme mal... Subí a ver a Ori
justo en el momento en que el médico daba su informe y diciendo que se estaba
recuperando, ya no vomitaba y no tenía fiebre, de manera que si seguía bien la
trasladaría a piso (es decir al área de hospitalización "normal") ese
o al siguiente día. Regresé a casa, pues aunque tenía permiso en el INECOL, las
tareas domésticas se acumularon, entre ellas alimentar a todos los bichos...
César me apoyó llevándome a verificar la camioneta y a comprar alimento para
los patos y finalmente me decidí a reposar un poco.

Como no me sentía bien, me tomé la temperatura
y me encontré con que tenía 39.7°; ahí ya me entró la angustia porque ¿cómo iba
a ayudar a Oriana o a Norma en esas condiciones? Por la tarde llamé a Norma para que lo
consultara con los médicos y, tal como esperaba, me pidieron acudir a
Urgencias; Norma fue a Xico por mi. Ahí me hicieron análisis de sangre pero
aunque los valores que arrojaron estaban alterados (enzimas hepáticas,
bilirrubinas, creatininas altas y plaquetas bajas) no me internaron, pero me
dieron la recomendación de acudir con el médiico familiar y a epidemiología al
día siguiente. Esa noche, después de despedirme de Norma, Lulú y sus hijos
hicieron el favor de llevarme a casa de mi mamá, dónde pasé la noche con las
molestias atenuadas por el paracetamol.

Al día siguiente (para esto ya era viernes 30
de junio) en efecto, y con un espantoso
dolor de piernas y de garganta fui al médico familiar y al epidemiólogo de la
clínica 66. Ambos me ordenaron análisis de sangre urgentes, entre ellos la
serología para leptospira, dado el antecedente de la condición crítica de
Oriana y la sospecha de la leptospirosis. En cuanto los resultados estuvieron
listos, el médico familiar me ordenó acudir a urgencias y pedir, con su orden, que me
internaran para un manejo cercano porque los valores ya estaban sumamente
alterados, particularmente las plaquetas estaban muy muy bajas (Los valores
normales van de 150,000 a 400,000 por microlitro -la millonésima parte de un
litro o la milésima parte de un mililitro), con una lectura de 25 000 (Oriana
alcanzó las 12 000...). Se lo informé a Norme, pero antes tuve que ir a la casa
a dejar las cosas en orden y regresé a casa de mi mamá. Para colmo, esa tarde
Nadia tenía que ponerse muy guapa porque tendría lugar su cena baile, a la cual
asistirían Norma (¡pobre!) y mi mamá. Por ello pedí el apoyo de Yarim para la
hora en la que tenía que ir a Urgencias e internarme y siempre le estaré
agradecido por su absoluta lealtad fraternal.
Ingresé a urgencias a las 5:30 de la tarde. Fui revisado y admitido.
Estuve en una camilla toda la tarde en un rinconcito de esa atestada sala,
siendo testigo del dolor ajeno (intoxicaciones masivas, ataques cardíacos en proceso, lesiones serias en un jovencito por un accidente en bicicleta...). Fue hasta las 12 de la noche que finalmente me
llevaron a la misma habitación donde Oriana ya se encontraba desde horas antes.
Ella, gracias a Dios ya todos los dioses y diosas habidos y por haber, ya
estaba muy recuperada y había salido de la crisis que puso en riesgo su vida...
Por mi parte, con un dolor de cabeza de antología, dolor de piernas y fiebre,
iniciaba mi propio tránsito...pero eso ya no tenía importancia.

No voy a pormenorizar mi caso, pues los médicos
tuvieron el buen tino de "cortar vuelta" ya que existía el
antecedente de Oriana e iniciaron de inmediato el tratamiento con Doxiciclina e hidratación, y aunque pasé una semanota eterna en el hospita, compartiendo con Oriana la condición de aislados en la misma habitación, y bajo la atención y cuidados de médicos, enfermer@s y como conejillos de Indias de una tropilla de médicos internos,finalmente el 7 de julio por la tarde fuimos dados de alta, ambos estables, con
la misión de continuar las visitas al médico y de tener cuidados generales en
casa...
... Haber padecido esta enfermedad, pero más
haber visto el deterioro paulatino de Oriana en unos cuantos días, ha sido la
experiencia más extrema, espantosa y angustiante que he tenido en mis 50 años.
Lo recuerdo y se me enchina la piel con un desconsuelo que siento crecer
mientras escribo esto. ¡Que bueno Dante que no tuviste que sentir esta angustia
extrema porque creo que hubiera sido terrible para ti!

La verdad es que en tu horizonte nunca te
planteas un escenario tan difícil. Te sientes intocable, piensas que aunque
existan estas enfermedades, no tienen por qué tocarte, pero cuando te diste
cuenta alguien de tu familia o tú mismo ya enfermó o tú mismo lo estás y sin
mucho que hacer, mas que seguir el tratamiento y rezar, aunque no seas
creyente, porque se resuelva y que la vida de los involucrados se mantenga
bien…por lo menos que se mantenga.
Es muy angustiante saber que en esos momentos tu vida y la de tu hija principalmente, por la falla orgánica múltiple, están comprometidas, o en todo caso puede ocurrir un evento que comprometa tu calidad de vida en los años por venir, como un accidente vascular cerebral o una hemorragia incontenible por la carencia de plaquetas… No estoy reconstruyendo dramáticamente los detalles, sólo quisiera dejar patente la violencia de esta enfermedad...
Es muy angustiante saber que en esos momentos tu vida y la de tu hija principalmente, por la falla orgánica múltiple, están comprometidas, o en todo caso puede ocurrir un evento que comprometa tu calidad de vida en los años por venir, como un accidente vascular cerebral o una hemorragia incontenible por la carencia de plaquetas… No estoy reconstruyendo dramáticamente los detalles, sólo quisiera dejar patente la violencia de esta enfermedad...
El malestar físico extremo no permite hilar
bien las ideas entonces, y con el paso de los días, aunque te sientes mejor,
hay detalles que se borran… Desde luego reconozco y agradezco a todos ustedes herma@s estar pendientes y preocupados por nosotros, pero lo que nunca se borrará, y es otra cosa que me
tiene sin palabras, es la entereza, diligencia, entrega, angustias y sacrificio
de mi amada Norma para vigilarnos y estar con nosotros, y la enorme solidaridad
de Silvia, Elia, Lulú, el cariño incondicional de mi mamá y mi querida Yarim,
Indra, Martha, quienes en todo momento estuvieron al tanto, apoyando
generosísimamente a Norma con su acompañamiento y atenciones en el hospital
mañana, tarde y noche. Aunque ya lo saben ¡todo mi respeto y cariño inefable
para cada una de ustedes! Debo añadir la solidaridad del buen Gustavo, quien nos acopñaó una noche, laúltima de nuestra estancia en el hospital.
No hablaré aquí de los médicos, enfermeras y enfermeros, porque ellos se merecen un agradecimiento aparte y todo nuestro reconocimiento por su labor, callada y concentrada, discreta pero efectiva… Tampoco voy a hablar mal del IMSS, pues en este país somos dados a hablar mal de los servicios públicos de salud, pero no percibimos que es un enorme esfuerzo el que todo el personal médico hace cotidianamente y que requerirá pronto una inversión gubernamental o privada que los fortalezca de manera integral, ya que de no ocurrir nunca serán suficientes. ¡Todo mi reconocimiento a la institución que nos salvó la vida!
No hablaré aquí de los médicos, enfermeras y enfermeros, porque ellos se merecen un agradecimiento aparte y todo nuestro reconocimiento por su labor, callada y concentrada, discreta pero efectiva… Tampoco voy a hablar mal del IMSS, pues en este país somos dados a hablar mal de los servicios públicos de salud, pero no percibimos que es un enorme esfuerzo el que todo el personal médico hace cotidianamente y que requerirá pronto una inversión gubernamental o privada que los fortalezca de manera integral, ya que de no ocurrir nunca serán suficientes. ¡Todo mi reconocimiento a la institución que nos salvó la vida!
Desafortunadamente todavía la leptospirosis es una
enfermedad despreciada y peor aún, negada:
- Aún en el hospital encontré con que en el triatlón de Bilbao varios atletas, por nadar en las aguas de la ría (son tan chingones en asuntos de género, que ellos tienen rías y nosotros ríos...ambos contaminados jejeje) que cruza esa ciudad, enfermaron.
- Posteriormente ya en septiembre, después del huracán María, en Puerto Rico hubo un brote mortal que aún no está controlado,
- En Nicaragua siguen muriendo personas por esta enfermedad de pobres
- Hay brotes en Argentina, en el mero Buenos Aires.
- En Coxquihui aquí en Veracruz, también en septiembre hubo varias muertes por leptospirosis de niños de un kinder inundado y las protestas de sus padres ante la falta de atención médica adecuada fueron violentamente reprimidas por la Fuerza Civil.
- En todos los casos las autoridades de salud respectivas negaron que se tratara de leptospirosis, o dieron información falsa...
Y como dije al inicio de este escrito, la vida
es bella y, si no me equivoco, el 5 de julio la pequeña Aura llegó a este mundo...
viernes, 17 de noviembre de 2017
Examen de mi padre (fragmento del libro de Jorge Volpi).
Amados herman@s...
Tratando de retomar este hermoso blog, les comparto un fragmento de un libro, recién descubierto por mi, de Jorge Volpi, y que se llama "Examen de mi padre"... Nomás abrir la primera página me conmovió...¡Vaya como un homenaje más a Dante!
Labor omnia vincit improbus (El trabajo constante vence todas las dificultades)
Virgilio, Geórgicas, I
"Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde. Desconozco la hora exacta porque yo no estaba a su lado. Tampoco he querido buscarla en el acta de defunción o preguntársela a mi hermano o a mi madre, quienes por obra del azar —o de ese dios en el que él creía y yo no—, pasaron a visitarlo y lo encontraron inconsciente, sometido al masaje cardíaco de una de las cuidadoras, pero aún vivo. Había pensado escribir: “Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde, hace justo cinco meses”, pero hoy es 9 de enero de 2015 y en realidad han transcurrido cinco meses y una semana desde entonces.
Podría argüir en mi defensa la obviedad psicoanalítica del yerro. Relaciono mi desliz, más bien, con otros dos incidentes. El primero: hasta el día de hoy no he llorado, no he podido o no he querido llorar a mi padre. Una postura racional, me digo, ante una muerte que terminó con su dolor. Pero la explicación me resulta insuficiente.
El segundo episodio que relaciono con mi confusión ocurrió esa misma noche. Cuando por fin llegué a la ciudad de México proveniente de Xalapa, a cuya feria del libro había asistido, el cuerpo de mi padre ya había sido llevado por mi madre y mi hermano a la funeraria donde habrían de incinerarlo. Los tres siempre aborrecimos los velorios y en general el duelo público, de modo que prescindimos de cualquier ceremonia hasta su entierro. Al cabo de unas horas en casa de mis padres, me puse al volante y, acompañados por mi mujer y mi mejor amigo, nos dirigimos hacia el crematorio. Un cielo gris se cernía sobre nosotros mientras recorríamos la colonia de los Doctores; tomamos Avenida Central, dimos vuelta en Doctor Vértiz y, poco después del Viaducto, giramos en una callejuela que nos condujo a las inmediaciones del Centro Médico y del Hospital General, donde mi padre trabajó de joven. La colindancia entre el lugar al que acuden a curarse los vivos y el sitio que acoge a los muertos no dejó de incomodarme. Bajo un atardecer nebuloso, tal vez producto de mi imaginación, encontramos una fila de agencias semejantes a despachos de contadores. Localizamos la que nos correspondía y mi madre, mi hermano y yo entramos a la oficina del gerente. Frente a su escritorio apenas cabían dos sillas y mi madre debió quedarse afuera. Una vez firmados los permisos, el responsable nos preguntó si queríamos despedirnos de mi padre, cuyo cadáver reposaba en un ataúd en la cámara contigua. Yo no dudé y dije que no. Mi padre, musité, no está allí. Mi padre, me dije en silencio, no es su cuerpo. Mi madre y mi hermano se sorprendieron no tanto por mi negativa como por la rudeza de mi tono. Horas después regresamos a recoger la urna de alabastro con sus cenizas. Hoy sigo convencido de que mi padre no era ese conjunto de órganos inertes que reposaba en el crematorio, pero reconozco que mi padre también era ese cuerpo.
La última vez que lo vi con vida fue dos semanas atrás y mis recuerdos más vívidos o los únicos que acaso ahora me concedo son justo de su cuerpo: sus piernas cada vez más frágiles, su espalda encorvada, sus ojos luminosos. Y sus manos. Mi padre llevaba una década con una depresión clínica, quizá más. La felicidad nunca le fue sencilla. Los prolongados conflictos con mi hermano atemperaron sus energías —de niños lo veíamos como una fuerza de la naturaleza—, si bien creo identificar en su alejamiento de la cirugía la causa principal de su desánimo. La decisión de jubilarse lo describe en una nuez: cuando le pareció que sus manos ya no poseían la agilidad de ilusionista que siempre lo enorgulleció, abandonó escalpelos y bisturíes para siempre. Por unos años buscó otras fuentes de satisfacción personal sin demasiado éxito. Según una de sus antiguas alumnas, fue un estimulante profesor de secundaria —como lo fue, durante treinta y tantos años, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional—, aunque los dolores de espalda, el cansancio y la falta de estímulos lo obligaron a abandonar la escuela comercial que lo acogió tras su retiro. A partir de ese instante se deslizó en un moroso declive.
Si bien nunca padeció una enfermedad terminal, un cúmulo de afecciones, de la artrosis a la gastritis, minó su salud. Los peores reveses se los propinó, empero, su carácter. Las pasiones que tanto lo arrebataron de joven —y que se esforzó por compartirnos—, la ciencia, los deportes, la ópera, la literatura, las artes, la historia, la jardinería, las manualidades, poco a poco dejaron de importarle hasta que se recluyó el día entero, indiferente y ensimismado, frente al televisor. En la avalancha de peticiones y reclamos que desde su sillón le dirigía a mi madre era posible reconocer el rigor que debió distinguirlo en el aula o los quirófanos, solo que ahora su único objeto de estudio era su propio dolor. Cada vez resultaba más difícil conversar con él: si bien permaneció lúcido hasta el final, si lucidez significa saber quién es uno y reconocer a los demás, ya no conseguía dedicarle más de unos instantes a otro asunto que sus interminables padecimientos.
Muchas veces nos preguntamos si su dolor sería físico o psicológico o una mezcla de ambas cosas. Da lo mismo: el dolor es aquello que se expresa como dolor. Si su cuerpo se tornaba cada vez más frágil —llegó a pesar 45 kilos, cuando alcanzó a medir 1.75 metros—, su carácter, o lo que yo llamaría el meollo de su carácter, se mantuvo inalterable. Diré más: se reconcentró como un vino añejo. Nunca perdió su dulzura, la cortesía que dispensaba en su trato, esa bondad íntima que ordenaba sus acciones. A la vez, se tornó más obcecado y autoritario, sobre todo en compañía de mi madre.
Del mismo modo que se empeñó en inculcarnos su verdad, al final se resistió a todo tratamiento que escapase de sus directrices, se negó a probar nuevos medicamentos y a realizar los ejercicios que le recomendaban los practicantes que se esforzaron por atenderlo. Peor: se opuso con todas sus fuerzas, que nunca fueron escasas, a cualquier cambio de rutina y a la menor intrusión en sus horarios, de por sí inmutables. Aunque mi madre siempre estuvo atada a él y a sus dictados, en los últimos tiempos se le hacía cada vez más penoso estar a su disposición día y noche. Mi padre apenas toleraba que ella se apartase de su lado, así fuese solo para incordiarla con su cantilena de peticiones y quejas, y en los días malos podía quejarse por horas. Pese a que un enfermero la relevaba dos veces por semana, llegó un punto en que mi madre ya no se sintió capaz de cuidarlo. El esfuerzo para levantarlo, obligarlo a caminar unos pasos o bañarlo —o pelear con él para que se tomase cada píldora— amenazaban con quebrantar su propia salud.
Tras consultarlo con ella, mi hermano y yo concluimos que solo había dos soluciones: un equipo de enfermeros de tiempo completo o una casa de retiro. Con una rapidez que a todos nos azoró, optamos por lo segundo. Mi mujer y yo hallamos una residencia a unas cuadras del antiguo Parque Delta, a diez minutos en coche de la casa de mis padres. Además de la cercanía, indispensable para que las visitas de mi madre fuesen frecuentes, nos tranquilizó que no hubiese horario de visitas, lo cual nos permitiría verlo sin previo aviso. Estábamos conscientes de que arrancarlo del espacio en donde se había recluido por más de una década sería demoledor para él: siempre reacio a salir o viajar, mi padre solo se sentía a gusto en su propia casa, que decoró y modificó con esmero hasta que se le acabaron las fuerzas y consintió que se degradara a la par de su salud. Cuando le dimos la noticia, aceptó de inmediato: una parte de él reconocía las penurias de mi madre. Previendo un cambio de opinión, empacamos un par de mudas y su arsenal de medicamentos y nos lo llevamos esa misma tarde.
La residencia ocupaba una típica casa de clase media de la zona, más o menos amplia, de dos pisos, con un patio trasero y un pequeño jardín. En su interior convivían unos cuarenta ancianos. A mi padre le asignaron una habitación en la planta baja que debía compartir con otro interno: una vejación adicional para alguien tan poco sociable como él. Una vez allí ocurrió lo que temíamos: se arrepintió y quiso marcharse de inmediato. Lo acompañamos al salón, donde se sentó junto a dos ancianas pulcras y silenciosas —ninguna de ellas hizo el menor gesto al verlo—, y desde allí nos reprochó que lo abandonáramos en ese horrendo lugar. Mientras mi hermano y yo concluíamos los trámites de ingreso, mi madre intentó tranquilizarlo sin mucho éxito. Nos marchamos cerca de la hora de la cena. De entre las reglas de la residencia hubo una que nos causó particular desazón: a fin de lograr que se integrara en su “nuevo hogar”, durante dos semanas tendríamos prohibido cualquier contacto con él. Ni visitas ni llamadas telefónicas.
Terminado ese interregno de quince días, que debió ser muy angustioso para él, mi madre, mi hermano, mi mujer y yo acudimos a visitarlo. Esa fue la última vez que estuve a su lado. La cuidadora nos condujo al patio trasero y nos acomodó en unas sillas de plástico junto a una olvidada cancha de basquetbol. En el salón, en la cocina y en los cuartos distinguí a numerosos ancianos, algunos más vigorosos y otros más enfermos que mi padre. Me conmovió el silencio que reinaba en la casa, como si los internos se dedicasen a la meditación o el mundo de plano hubiese dejado de importarles. Una de las cuidadoras le daba de comer a una anciana que no parecía darse cuenta de nada. En la cocina, dos muchachas lavaban platos y cazos. Por fin otra de las cuidadoras —una mujer bajita, magra, de pelo negrísimo y un maquillaje que uno no esperaría encontrar en una casa de reposo— acompañó a mi padre, apoyándolo sobre sus brazos, hasta el patio trasero donde nosotros lo esperábamos. Él nos saludó y se sentó con dificultad. Estaba más pulcro y elegante que en casa, pues otra regla impedía que los internos deambulasen en piyama. Reconocí su camisa de vestir, su suéter color vino y su pantalón gris. Solo le faltaban el saco y la corbata que solía llevar incluso los fines de semana. Le habían cortado el pelo, lo mismo que el bigote. Su cuerpo, en cambio, lucía aún más débil. Sonrió con dificultad. La cuidadora se marchó y nos dejó a su lado. En su vertiente más entrañable, se despidió de cada uno de nosotros. No era la primera vez que lo hacía —le gustaba repetir que no duraría más de unas horas—, solo que ésta en verdad fue la última. Nos dedicó frases hermosas o alentadoras a cada uno. Fue dulce y sabio. En su vertiente más turbulenta, nos reprochó haberlo encerrado en esa “antesala del infierno” y acusó a las cuidadoras de insultarlo e incluso de golpearlo. Cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia supimos que había llegado la hora de irnos. Mi padre ya no se sentía capaz de caminar o, azuzado por nuestra presencia, se negó a hacerlo. Trastabilló y estuvo a punto de caer. La cuidadora se abrazó a él y lo llevó al interior de la casa. Mi madre se despidió y se adelantó rumbo a la salida; no sé dónde quedaron mi hermano y mi mujer. Yo permanecí allí un segundo más. Vi a mi padre muy ansioso, casi desesperado. Le urgía orinar. Acaso desvariaba. No sé por qué razón, quizás para conducirlo al baño lo más pronto posible, la cuidadora no lo encaminó hacia su habitación, sino que lo introdujo en otro cuarto, cerca de la puerta trasera, donde un par de ancianas cuchicheaban en voz baja sentadas en sus camastros. Entonces la cuidadora hizo algo extraño o que al menos a mí me pareció inusual: lo sentó sobre sus piernas, lo abrazó, le acarició el cabello y las mejillas. Dos cuerpos ajenos unidos, de pronto, por la compasión.
Esa imagen, una suerte de Pietà, es la última que conservo de él. Mi padre se dedicaba a abrir y cerrar cuerpos. A arreglar o recomponer cuerpos. A corregir o enmendar cuerpos. A tratar de que algunos cuerpos sanasen y alcanzasen una larga vida. Más aún: su mayor afición y su mayor placer consistía en introducir las manos en esos cuerpos. Mil veces nos contó que su jornada ideal incluía una tarde de lluvia, un cuerpo sobre la mesa del quirófano y una casetera con música de Beethoven o Puccini..."
domingo, 18 de junio de 2017
De Padres, arte y libros...
Don Dante estaría muy satisfecho, no tengo ninguna duda, de la labor creativa de su yerno.
Desde el día que se conocieron hicieron click y encontró con quien conversar y debatir sobre arte y libros. Dante estaba muy orgulloso de que el novio de su hija mayor fuera artista; fue su primer mecenas y el primer coleccionista de su obra.
También de su trabajo en la ilustración estuvo feliz, aunque quizá ya no tuvo toda la plenitud para disfrutar de los libros en los que Israel ha participado. No vivió ya para ver el despegue de su carrera, ilustrando para editoriales muy importantes, mexicanas y extranjeras.
Hace unos días llegó a casa uno de los últimos libros que Israel ha ilustrado: Las almas de la fiesta y otros cuentos de Día de Muertos, de Judy Goldman. Por supuesto que a Israel homenajeó a Dante es este libro.
Hoy es Día del Padre y como el mismo Dante decía, que este día sirva de pretexto para recordar la vida del nuestro... y para felicitar, aplaudir y admirar a padre de mi hijo, el nieto de Dante.
Felicitaciones Israel, hasta Manhattan ♥
Nuestro amor eterno Dante, hasta las estrellas ♥
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