En el bosque el tiempo parece que no corre… Los claros y a veces azules rayos del sol atraviesan la miríada de brechas que se extienden por el techo verde, rompiendo así las sombras y dando la impresión de estar rodeados de luces que se encienden y apagan continuamente. Este pasar lento del tiempo es una de las muchas cosas que me hace disfrutar, desde niño, las largas caminatas por nuestros bosques de niebla, que alguna vez fueron majestuosos e inexplorados, y que hoy son, en su mayoría, relictos muy valiosos; son auténticas islas de diversidad inmersas en un mar de cosas construidas por los humanos. La otra, muy importante, maravillosa y emotiva razón que me hace disfrutar estas caminatas, es la presencia y compañía de mi familia: mis hijas, mi esposa, y una o dos perrillas de nuestra tropa doméstica. Así fueron también aquellas largas, larguísimas caminatas que hacíamos Karel, Yarim, a veces con mi mamá y nuestros queridos perros (siempre no menos de tres) por el Cerro de la Galaxia, “la montaña” le llamábamos. Pero esas caminatas eran particularmente placenteras y disfrutables cuando Dante también iba con nosotros. Esto ocurría sobre todo en vacaciones de verano, cuando cada día era una verdadera aventura, alimentada por fantásticas lecturas en esa voz grave y a la vez cadenciosa, suave y calma, de nuestro Dante.
Hoy es un día soleado y bochornoso, y de la tierra obscura y húmeda, de sus miles y miles de rincones, surgen los hongos, apacibles habitantes del estrato más bajo de estos países de fantasía. Son muy semejantes entre sí, pero los hay de muchas, muchísimas especies. Como ocurre con las personas, es raro encontrar dos individuos iguales, aunque sí muy parecidos. A veces los rayos del sol dan directamente sobre ellos, y entonces, presenciamos un auténtico festival de bellas y danzantes luces que encienden y apagan, cambian de ritmo y vuelven a encenderse y apagarse, y así por mucho tiempo. Quizá sea una de las numerosas maneras en que los espíritus del bosque -llámense hadas, elfos, aluxes o chaneques- nos dicen “¡Hola! ¡Qué bueno que te das tiempo para caminar por nuestra tierra!”. El sonido del agua que corre por un arroyuelo, cargado y veloz por las recientes e intensas lluvias, es el complemento perfecto para este singular escenario y sus visitantes.
Sigo caminando y, al hacer una pausa, me percato que una
ardilla está casi inmóvil sobre un tronco a mi lado; mueve ligeramente las
orejas y mira hacia arriba, donde hay un brillo apagado y apacible. El tronco
donde yace, al parecer parte de un encino, es gris con grietas negras. Me
acerco lentamente y miro en la misma dirección: en una rama lateral más arriba:
apenas visible gracias a su magnífico camuflaje, distingo una serpiente marrón
con la mirada fija -según yo-sobre mi reciente amiguita peluda. Distingo su
pequeña cabeza con mandíbulas apretadas y sus ojos como pequeñas y obscuras
esferas navideñas. Comprendo entonces porqué a pesar del natural miedo que
inspiramos los humanos, la ardilla no movió ni un párpado cuando me acerqué.
Ambas se han percatado de su mutua presencia. Todo lo que está alrededor de
nosotros está inmóvil y silencioso. El tiempo parece haberse detenido
nuevamente. Y entonces, arriba, sobre el techo del bosque verde, olas de una
ráfaga de viento mueve la verde estructura por completo, tomando por sorpresa a
todos los habitantes de esas alturas, sobre todo a los insectos y a los
pájaros. Una sinfonía de cantos, voces y otros sonidos saluda la llegada de
esta refrescante brisa, al tiempo que muchas, muchísimas hojas ruedan
desprendidas de sus plantas maternas. Es un momento mágico y muy corto, pero
agradezco ser testigo de ello. Dirijo mi vista hacia donde estaba la ardilla
y…¡se ha marchado! Ya no está sobre el tronco. Veo a la serpiente partir
rápidamente hacia otros puntos de las ramas mas altas. Le deseo mejor suerte,
pues ella también busca su alimento. Este podría ser el inicio de una historia,
tal vez un cuento de sublimes aves de fuego, ranitas y gansos que se transforman
en bellas princesas o príncipes y de pájaros carpinteros que no quieren
trabajar buscando larvas en los árboles, inspirado en aquellos maravillosos
cuentos rusos de la editorial Progreso, muchos de ellos compilados por Aleksander
Afanásiev (lo recuerdo bien), que leímos con Dante, o bien que nos obsequió en innumerables
ocasiones.
Por encima del dosel, siempre con su séquito de nubes, el sol
avanza lentamente hacia el oeste, en tanto muchos insectos y aves se dirigen
hacia el este. Avanzamos un poco más y es entonces que, sin anunciarse, aparece
frente a nosotros una ventana forestal por la que entra una gran cantidad de
luz: se trata de un pastizal muy largo, en el que manos bienhechoras plantaron,
se ve que hace varias semanas o pocos meses, algunas coníferas. El rayo del sol
es como una flecha divina y vitalizadora para estos jóvenes colosos y, al
despedirnos de ellos, les deseamos que su vida sea larga y próspera, pues tenemos
muy claro que el mundo necesita a los árboles, así como las abejas necesitan a
las flores.
El tiempo del bosque revoloteó y se detuvo; se expande y
luego se acorta. Es como estar en un portal fantástico de una historia de
viajes en el tiempo. Cuando regresamos bajo el dosel, el sol vuelve a moverse
en el cielo y las pequeñas manchas de luz en el suelo se mueven por lo que fue
alguna vez una vasta tierra boscosa y nublada. Y pienso que con ellos, el sol y
los pequeños círculos de luz sobre el suelo, los seres de este microcosmos se
mueven también en todos los bosques del mundo. Se mueven lenta e imperceptiblemente,
de la misma manera en la que se mueve el tiempo del bosque perezoso. Moviéndose
como en un sueño ...



