Sé que originalmente este blog fue creado como un homenaje a Dante, por lo que les ruego no tomen a mal que hoy escriba sobre nuestro gato Jacinto...

“Yo le puse Vinagrito por estar
feo y flaquito,
pero tanto lo cuidé,
que parece Vinagrito un gatico de
papel
miau miau miau miau con cascabel…”
Jacinto es nuestro gato que viaja en las estrellas…
Su paso por la Tierra y la familia fue corto pero lleno de
amor.
Una tarde de un día cualquiera, al volver del trabajo Norma
nos platicó que en una carreta abandonada en la calle, cerca del patio de
maniobras de la Bodega Aurrerá, estaban varios gatitos en una caja. Los niños
del barrio se limitaban a mirarlos y a protegerlos un poco del sol, la lluvia y
el frío sin sacarlos de ese lugar. No recuerdo cómo se tomó la decisión, pero
muy de mañana al día siguiente Oriana, enfundad en su traje y maquillaje de Llorona
o al menos de espectro japonés al estilo Yamishibai, salió de la casa y fue
hasta la carreta para regresar con los dos gatitos que pudo encontrar: dos
pequeñuelos rayados y cabezones de tan flacos, que mostraban los estragos de
haber sido separados de su mamá gata a una edad tan corta; tenían quizá un par
de semanas de nacidos. Así fue como Jacinto llegó a la casa familiar…
Decidimos adoptar a uno de ellos y las hijas, cono esa
nobleza de sentimientos hacia los animalitos, tomaron la decisión de ofrecer en
adopción a uno de ellos anunciándolo en redes sociales con fotografía y todo.
No fue difícil ni tardó mucho en aparecer un voluntario, amigo de Oriana, a
quien una mañana llevamos a uno de los hermanitos en una cajita de zapatos, con
trapitos calientes y olorosos a su hermano para que no sintiera tanto (o al
menos eso pensamos) la separación.
No estoy seguro cómo fue que decidimos con cual bicho
quedarnos, pero me parece que optamos, como dice la canción de “Vinagrito”, por
el más pequeño, feo y flaquito, a sabiendas que nosotros no rechazaríamos por
su aspecto, en tanto que su hermanito era un poco más grande, más esponjoso y
guapo, atributos que abonarían a su favor con su nueva familia. Y decidimos por
iniciativa de Oriana llamarlo Wilson Jacinto, lo cual en poco tiempo derivó en
simplemente Jacinto…
Así pues, gracias a los cuidados y mimos de las hijas y
nosotros, a los baños, al alimento balanceado y a que todos lo apapachamos y
amamachamos, Jacinto fue creciendo como un muchachito sano, guapo y muy
travieso. Tenía esa chispa que lo hacía un ser muy simpático: se acercaba a
olisquear a la Chata y ella, que también es amorosa y curiosa, quería saber qué
cosa era esa bola de pelos rayada y que de repente cruzaba de un rincón a otro
de la sala. Poco a poco fue estableciendo una relación de alianza gatuna con
Vicente, nuestro gato mayor, que trajimos de la casa de Jardines de Xalapa,
también rescatado de una caja abandonada en la calle… Esa será otra historia. Decía,
poco a poco, aún a regañadientes y entre bufidos de Vicente, fue
estableciéndose una relación primero de curiosidad, poco a poco de tolerancia y
convivencia, hasta una franca relación fraternal y amorosa entre ambos. De ahí
que decíamos que Jacinto era el sobrino de Vicente, y este era el No-Soy-Tu-Tío de Jacinto.
Como llegó un poco antes de la Semana Santa de hace dos años
y después en esas vacaciones de verano, las hijas tuvieron tiempo de jugar con
él y a consecuencia de ello hacerlo un gato que se acercara a las personas y
que fuera juguetón (Vicente siempre fue más arisco…). Le compraron un traje de
Yoda que fue a dar al alambre de púas del vecino, le ponían gorros y suéteres y
así fue acostumbrándose a que lo tomáramos en brazos.
Siempre he pensado que las plantas y los animales, la naturaleza
pues, son la inspiración de las bellas artes, la música, la danza, la moda en
el vestido. La naturaleza inspira otras cosas como las soluciones
biotecnológicas, los camuflajes, sustancias atrayentes o repelentes y así. Pero
también la naturaleza, y en este caso los animales (aun siendo domésticos)
estoy seguro que han inspirado movimientos y técnicas de lucha cuerpo a cuerpo,
como en el caso de las artes marciales como el aikido: Vicente y Jacinto se
volvieron expertos luchadores y podríamos decir que Vicente fue el sensei y Jacinto el estudiante, que
practicaban en el tatami de la cama y que poco a poco Jacinto fue subiendo en
la escala de colores de cinturón hasta casi igualar a su maestro de lucha…
Aikido para gatos le decíamos… Toda la sabiduría gatuna para el combate pasó de
uno a otro sin por ello dejar de quererse: los gatos se querían mucho. Hoy es claro
que Vicente, al igual que todos los demás, lo extraña mucho; espera que
aparezca por la ventana del baño y lo sigue buscando y llamando por las tardes
y las noches…
Era un gato, digamos, común; de tamaño mediano, grande ojos amarillos y con pelaje atigrado,
muy propio para camuflarse entre las macetas, donde cazó algunos pajarillos y
ratones. Era un excelente cazador y por tal motivo le pusimos un collar con
cascabel grande que, en sus andanzas dejó en algún lugar desconocido. Cuando
siguiendo a su maestro Vicente empezó con sus salidas gatunas nocturnas, le
compramos una plaquita de identificación, previniendo que si un día se perdía y
alguien lo encontrara pudiera contactarnos...Cuando Vicente se perdió por segunda vez, no hubo noche en que Jacinto desde el balcón dejara de llamarlo con intensidad preocupada. Estamos seguros que lo escuchaba con su fino oído felino, pues Vicente - lo hallamos un par de días después- estaba encerrado a dos casas de la nuestra...
Afortunadamente esto nunca ocurrió y se volvió un experto,
pero inocente, gato merodeador. En ciertos días pasaba largas horas fuera de
casa y en medio de la noche escuchábamos el ruido de sus saltos al regresar por
el balcón de sus correrías noctámbulas. Regresaba, eso sí, a comer y dormir
mucho. No le faltaban lugares para hacerlo: la cama de Nadia, de Oriana, la
nuestra, donde después de afilarse las uñas, se acomodaba entre ambos, ronroneando, estirado
cuan largo era. Incluso en tiempos recientes gustaba de dormir en la percha
más alta de su gatera, la única percha que logró resistir su ímpetu y energías
juguetonas… Le gustaba bajar a la cocina a la hora de la cena a pedir un poquito
de leche y a jugar con la pequeña Bimba.
Lo perdimos por accidente. No sabemos exactamente qué fue lo
que pasó, y ahora está de más averiguarlo. Creo que como joven gato, inexperto
en la dureza de vida de las calles y de los sin
casa, Jacinto nunca imaginó que los perros se comportaran de una manera
distinta a como lo hacían los perros con los que convivía y jugaba en casa;
quizá jamás pensó que fuera peligroso acercarse a otros perros siendo gato o
simplemente tuvo la mala suerte de estar en mal lugar en mal momento… Esta bolita de pelos rayada descansa
en un rincón del jardín de casa, donde plantaremos, en su honor, un jacinto…
Nuestro gato Jacinto dejó sus huellitas, ronroneos y su amor en
nuestros corazones. Se llevó todo el afecto familiar que el corazón de un joven
gato puede guardar en la eternidad e inmensidad del Cosmos.
¡Salud Jacinto! Viaja para siempre...




